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Doble aguinaldo

El doble aguinaldo refleja un pensamiento económico elemental y una ética egoísta preocupante

La Razón / Roberto Laserna

03:04 / 23 de noviembre de 2013

El Gobierno ha dispuesto el pago de un segundo aguinaldo a los obreros y empleados del país, con el argumento de que es necesario premiarlos por su contribución al crecimiento del PIB en más del 4,5% en el año. Por lo menos es así que se justifica la decisión en los considerandos del Decreto 1802. Las explicaciones del oficialismo insisten en que la economía boliviana está viviendo un momento excepcional y que es justo compartir el éxito.

Éstas son ideas fuertes y atrayentes. Bolivia sin duda vive una bonanza extraordinaria, pero el decreto implica que el Gobierno admite que sus políticas no han logrado llevar esa bonanza a todos. Por eso hay una creciente frustración en la gente. El gas no se lo llevan las transnacionales ni sale por Chile, pero igual sale y todavía no se ve lo que nos deja. El doble aguinaldo, que resucita el Bono Patriótico del banzerismo, muestra el deseo de enfrentar esa insatisfacción. Pero refleja un pensamiento económico elemental y una ética egoísta preocupante que, además, deja sin resolver el problema que se plantea.

Vamos por partes. El carácter elemental del pensamiento económico salta de inmediato cuando uno se pregunta, ¿por qué eligieron el 4,5% como parámetro? El 3% ya supera el crecimiento poblacional, pero el 6% sería una meta más interesante. Es una referencia caprichosa que esconde desigualdades. El PIB no creció igual en todos los sectores.

En unos fue mucho más, y en otros, menos, y ya el mercado está premiando a los trabajadores productivos y a los empresarios más creativos. Si el PIB creció en promedio no fue porque los trabajadores se hayan esforzado más, mejorando su productividad y su tiempo de dedicación. Lo hizo porque los compradores externos pagan más por nuestros recursos y en eso nada tuvieron que ver ni los trabajadores ni las políticas públicas de este gobierno. Su mérito es igual al de los jubilados o de los estudiantes.

La bonanza ha beneficiado sobre todo al Gobierno, que lleva varios años cerrando cuentas con superávits, acumulando ahorros en el sistema financiero y con creciente desesperación para ejecutar sus presupuestos. Esto es lo que permite hablar de una ética egoísta. Porque si el Gobierno quiere que el pueblo comparta la bonanza, lo que debería hacer es entregar esos recursos a la gente, es decir, a sus legítimos dueños. Pero no, lo que pretende es dedicarlos sólo a sus empleados, y que el resto del país se las arregle por su cuenta. Los privados enfrentando a sus trabajadores, y los informales y jubilados, los campesinos y las amas de casa, como siempre, mirando desde los márgenes.

Esta rápida referencia a los beneficiarios del decreto muestra, finalmente, que el problema de compartir el éxito queda sin resolver. No solamente porque parte del costo se lo cargan a las empresas, pese a que muchas de ellas enfrentan situaciones difíciles derivadas de la misma bonanza (por ejemplo, las que compiten con importaciones traídas con dólar barato), sino porque más del 70% de los trabajadores quedan excluidos, independientemente de su “rol contributivo y participativo”. Por lo visto, el Estado Plurinacional no alcanza para todos.

El Gobierno resolvería fácilmente el problema pagando el aguinaldo de manera directa e individual con los recursos públicos que se han acumulado y que no han sido ejecutados en los últimos años. Eso sí sería compartir la bonanza, dándole a la gente lo que en verdad le corresponde: el dinero que generan sus recursos naturales. El resto es demagogia.

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