Columnistas

Don Roberto y Robertito

Don Roberto era un genio con la escritura y un superdotado de la palabra, y Robertito lo sabía.

La Razón (Edición Impresa) / Adalid Contreras Baspineiro

00:00 / 25 de agosto de 2017

Nuestras tertulias excedían, de lejos, los requerimientos de los trabajos que los catedráticos nos exigían en el básico compartido de Derecho y Sociología. Esto era así un poco por nuestra sed de nuevos aprendizajes, y mucho por la personalidad de aquella casa ubicada en la calle Pedro Salazar del tradicional barrio de Sopocachi en La Paz, muy cerca de nuestra universidad: la UMSA, y a cuadra y media del Montículo.

La casa en cuestión se convirtió en nuestro refugio y privilegiado lugar de estudio. Allí lo teníamos todo: acaso una de las más completas bibliotecas privadas de la ciudad; el té con variadas masitas cariñosamente invitadas por doña Eda, la mamá de Robertito, mi compañero de curso, amigo y vecino de barrio; además, por si fuera poco, de vez en cuando las conversaciones eruditas de su papá, don Roberto Prudencio Romecín.

Tuve el honor de conocer a don Roberto cuando estábamos con Robertito preparándonos para un examen decisivo y nos invitó a acompañarlo a tomar el té y de paso hablar de nuestras carreras. Su presencia era abrumadora y jamás de los jamases pensé tenerlo compartiendo la misma mesa. Pasado el momento de los nervios que me hicieron echar sal en mi tecito, atiné a comentarle que leí su análisis sobre la reivindicación marítima, y le pregunté sobre cuál consideraba la tarea para nuestra generación en esta demanda. Robertito me asestó un puntapié por debajo de la mesa y me rajó entre dientes un “¡Para qué le preguntaste!”. Don Roberto era un genio con la escritura y un superdotado de la palabra, y Robertito lo sabía. Pasaron fácilmente cuatro horas de una cátedra combinada con ameno relato y varias tazas de té con sus masitas. Perdimos un examen, pero ganamos en la apropiación de un pensamiento que lo entiendo combinando tres mundos: la interpretación de la Bolivia profunda con orgullo de nuestras raíces combinadas, la prosperidad de nuestro país situándonos dignamente en el planeta, y el derecho irrenunciable de una salida soberana al Pacífico.

Nos cautivó. Y ese sueño-privilegio pude vivirlo repetidas veces tocando diferentes temas que los sacábamos de nuestras tareas universitarias. Con sus conversaciones adosadas de citas de autores, pasajes históricos, vivencias y picarescas alusiones no nos hacía falta investigar nada más, porque él lo decía todo, y más aun, de modo que nuestro estudio era de profundización, complemento o adelanto de aprendizajes.

El sueño se convertía en ensueño cuando nos tocaba ser testigos silenciosos de sus acalorados diálogos-debate con diversas personalidades del mundo académico y político. Y el ensueño se humanizaba con pasajes como el de aquella tarde en el Montículo donde coincidieron el maestro Víctor Agustín Ugarte que hacía unas picaditas con una pelota número cinco y don Roberto, quien caminaba con un bastón en el que no se apoyaba sino que lo blandía como acompasando sus pensamientos. Fue un encuentro apoteósico, los más grandes futbolista y filósofo bolivianos hablaron con maestría sobre deportes y su trascendencia para la vida.

Escribo este artículo con nostalgia por nuestra Bolivia, multiplicada en recuerdos al enterarme recién de la muerte de Robertito Prudencio Lizón, mi amigo, con quien coincidíamos en la importancia de reeditar —algún día— la revista Kollasuyo, que dirigía su padre. Ya no podrá ser posible, quizás, y acaso no haga falta porque ya Bolivia sabe mirarse sin complejos desde la riqueza de su identidad pluriversa, aunque seguramente don Roberto nos diría que sigue siendo tarea pendiente tejernos interculturales, cuidar amorosamente a la Pachamama, e integrarnos al mundo mirando el mar con nuestros corazones.

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