Columnistas

Doña Gladys

Vestidos, utensilios y fotografías nos invitan a penetrar en la vida íntima de Doña Gladys Moreno

La Razón / Lourdes Montero

00:13 / 13 de mayo de 2013

El pasado martes se inauguró la casa-museo de Doña Gladys Moreno, como un homenaje a la más notable intérprete de la canción boliviana, nuestra “lunita camba”; y en este espacio podemos retornar a la mítica Santa Cruz de la década de 1950. Se trata de una iniciativa privada conmovedora, que combina un mundo de recuerdos nostálgicos con la buena comida tradicional camba, para ofrecer al visitante el privilegio de retroceder en el tiempo y volver a enamorar “bajo la luna de plata”.

Ubicada a unas cuadras de la plaza principal, en la legendaria calle Murillo 119, la casa–museo abre sus puertas para revelarnos una pequeña parte de la intimidad de su dueña y cumplir su deseo de “nunca ser olvidada en su patria”. Dos salas reúnen objetos personales de la diva; vestidos y zapatos usados en sus presentaciones, utensilios cotidianos y fotografías nos invitan a penetrar en la vida íntima de la cantante.

La casona mantiene la arquitectura colonial de un patio central —con una aljibe— rodeado por las habitaciones que sirven de dormitorios a sus habitantes. Tal vez lo más impactante de este pequeño museo es la reconstrucción de la habitación de la Doña en un mezanine que flota sin piso encima de nuestras cabezas. Una imponente cama de reina, forjada en bronce, y su espejo de luna nos conducen al mundo onírico de Dña. Gladys. La segunda habitación exhibe toda la producción de la cantante en discos de vinilo, y en las paredes se despliegan las letras de las canciones que solía interpretar, además de un impactante mural de recortes de periódico, fotografías y documentos personales coleccionados con esmero y mucho amor.

Y es que Dña. Gladys fue y es profundamente amada. Los enamorados de la Doña son cientos, distribuidos por todo el país. Yo conocí la profundidad de ese amor en Cochabamba, cuando mi amigo Fernando Mayorga me lo confesó mientras ayudaba —junto con otros enamorados— a elaborar La Pascana, esa antología comentada de la Diva. Junto a él se desvelaban Luis H. Antezana y Marcelo Paz Soldán. Por eso adiviné que este nuevo homenaje, convertido en casa-museo, sólo puede ser producto de otro enamorado: Javier Libera, quien confiesa “así no más le metimos, sin proyecto, sin presupuesto, sin nada, por puro amor a Gladys”.

El valor de las interpretaciones de Gladys Moreno no se basa sólo en la calidad de su voz, sino fundamentalmente en su capacidad de hacer propias las canciones y transformarlas. Gracias a ella, composiciones de Roger Becerra, Nicolás Menacho, Gilberto Rojas, Simeón Roncal y Godofredo Núñez se convierten en clásicos de la canción boliviana. En La Pascana podemos leer que las interpretaciones de Dña. Gladys son más transformaciones que reproducciones, o como diría Borges, convierten a los originales en simples precursores.  

Pero no sólo la calidad de su canto hace de esta artista un ícono; Doña Gladys es reconocida por su capacidad de integrar tradiciones musicales muy distintas. De la misma manera trata una cueca que un taquirari, un vals o un tango; en su voz cada género parecía ser el único.

Doña Gladys también guarda en su leyenda algunas transgresiones. Como hija de una familia cruceña acomodada, no era bien visto que frecuentara peñas y bares, y se tomara unos tragos antes de cada actuación. Se casó con un hombre mucho más joven que ella y era criticada por la libertad con que asumió su vida. Segura de su belleza y su talento, elegía cantar sólo las canciones que le llegaban al corazón. Hoy en la moderna Santa Cruz nos espera en su casa, para decirnos con firmeza “nací cantando y me voy a morir cantando”.

Es cientista social.

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