Columnistas

Doscientos años de castaña

La conservación de los bosques amazónicos es consecuencia del aprovechamiento de la castaña.

La Razón (Edición Impresa) / Daniel M. Larrea

00:57 / 28 de septiembre de 2016

Para muchos la castaña representa el mejor ejemplo del aprovechamiento de una especie no maderable y la tan anhelada conservación del bosque amazónico. La exportación de la castaña se incrementó gradualmente desde inicios del siglo XX, alcanzando sus máximos niveles de producción desde los 70 hasta la fecha. Son casi cinco décadas de intensa recolección de castaña. Si tomamos los datos de exportación publicados por el IBCE entre 2005 y 2014, un promedio anual de 21.000 toneladas de semillas nunca se incorporaron al suelo como nutrientes o dando lugar a pequeñas castañas. Esto podría explicar la percepción de hoy de que la regeneración natural de la especie es, o podría ser, muy baja.

El árbol de castaña crece en buena parte de la Amazonía, pero solamente en Brasil (Pará, Amazonas, Acre y Rondônia), Perú (Madre de Dios) y Bolivia (Pando y norte de La Paz y Beni) en cantidades suficientes como para que la recolección de sus frutos sea rentable. Desde mediados de los 80 la producción de castaña en Brasil ha disminuido progresivamente. Hoy son Perú y Bolivia los principales países productores, no es extraño entonces que relaciones comerciales y el intercambio de experiencias y tecnologías entre ambos países, además vecinos, esté ocurriendo. Existen también algunas diferencias, por ejemplo, mientras en Perú rige la otorgación explícita de un derecho forestal en forma de concesiones, en Bolivia este tema tiene años de discusión y se ha reducido al intento de la implementación de varias herramientas.

La incorporación de la castaña en el mercado de nueces del mundo ha ayudado a la valoración y cuidado de los árboles productores de castaña. Este proceso es resultado del atractivo precio en el mercado de este producto. No olvidemos que la castaña se usa como sustituto de otras nueces (por ejemplo maní, almendra europea y otros), y que su cotización en el mercado depende del precio de estas nueces. Cuando éstas suben de precios, se incrementa también el de la castaña. Esto hace difícil predecir el comportamiento futuro de las cotizaciones en el mercado. En ese sentido, parece claro que es importante hacer un seguimiento a todo el mercado internacional de nueces y no solo al de la castaña.

Han pasado más de 200 años desde que en 1807 el naturalista alemán Alexander von Humboldt y el botánico francés Aimé Bonpland descubrieron un árbol de castaña en el Alto Orinoco de Venezuela. Probablemente no imaginaron el sitial que hoy ocupa como uno de los emblemas inherentes a la Amazonía contemporánea. Más allá de la aún ausente distribución justa y equitativa de los beneficios que genera o el costo social del denominado “habilito”, no cabe duda de que la persistencia de los bosques del norte amazónico de Bolivia es consecuencia inmediata del aprovechamiento de esta especie. Profundamente ligados en su historia, la castaña y los bosques amazónicos comparten un futuro en cierta forma prometedor, pero a la vez incierto.

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