Columnistas

EEUU, a merced de la corriente

EEUU no puede tomar decisiones difíciles en el siglo XXI porque tiene una estructura de gobierno del XVIII

La Razón / Paul Kennedy

00:53 / 27 de octubre de 2012

La comunidad mundial tiene derecho a preguntarse qué pasa si su primera potencia no tiene realmente una política exterior coherente. ¿Qué pasa si, a pesar de que la retórica estadounidense que habla de una “gran estrategia”, en realidad no hay siquiera una estrategia? ¿Qué pasa, y esto es mucho más atrevido, si el hecho de no tener una agenda global evidente, de no proclamar que EEUU tiene un interés vital aquí, allá y acullá, es realmente una forma razonable de conducirse, sobre todo en la agitada e impredecible situación del mundo? ¿Es que ninguna otra potencia se ha enfrentado al mismo dilema que los EEUU de hoy?

En una ocasión, en la Cámara de los Lores británica, al tercer marqués de Salisbury, uno de los mejores ministros de Asuntos Exteriores del siglo XIX, le pidieron que resumiera la estrategia fundamental que seguía el Gobierno para enfrentarse a las complicaciones mundiales. Con la aguda ironía que le caracterizaba, contestó que su política se basaba fundamentalmente en “dejarse llevar con indolencia por la corriente, sirviéndose aquí y allá de cloques para evitar una colisión”. Reconocer esto le valió que sus detractores le acusaran de ser un ministro perezoso, desconectado de los problemas y carente de lo que hoy en día podríamos llamar una “visión”. Muchos de los políticos actuales de Estados Unidos sabrán bien de qué estamos hablando.

Sin embargo, teniendo en cuenta la posición en que se encontraba, yo siempre he sentido bastante simpatía por Salisbury. En su país, el clima político no era halagüeño, inquietaba la creciente competencia comercial extranjera y las tradicionales lealtades partidarias se estaban resquebrajando. Pocas acciones del Gobierno suscitaban aplausos. Por otra parte, el panorama mundial era impredecible, complejo y cambiante: en Extremo Oriente, el golfo Pérsico, Europa y África, todas las potencias se vigilaban mutuamente, incómodas, sin saber qué futuro les esperaba. ¿Acaso no era lógico observar cierta cautela e ir reaccionando ante los acontecimientos hasta que el panorama internacional se aclarara un poco?

He pensado mucho en esta anécdota al ponderar la política exterior que ha seguido la Administración de Obama en los últimos años, y sobre todo las múltiples críticas que le han lanzado sus detractores. ¿Acaso no se ha visto sorprendida con frecuencia, por la primavera árabe y los levantamientos posteriores, por el baño de sangre en Siria, el empeoramiento de la seguridad en Afganistán e Irak o el ataque contra la Embajada en Bengasi? ¿Qué política sigue respecto a Irán e Israel? ¿Cuál va a ser su actitud ante las acciones chinas en Extremo Oriente? ¿Va a limitarse a permitir el derrumbe del euro, que dañará enormemente los ya de por sí débiles índices de crecimiento mundial? El lector podrá añadir cualquier otra cuestión a mi lista, que sólo redundará en la sensación de que la política exterior de la primera potencia consiste en dejarse llevar poco a poco por la corriente, sin apenas conciencia de cuál es su destino.

Entonces, ¿qué podemos decir de la opinión contraria, que de forma tan razonable apunta que, en la actualidad, esa es la única posición viable de cualquier presidente estadounidense? Creo que en este debate hay que hilar tres cuestiones, aunque lamentablemente nadie parece estar realizando esa labor estratégica.

La primera es la enorme suerte que tiene EEUU con su propia situación geopolítica. Como vecinos, sólo tiene al norte a Canadá, extremadamente amigable, y al sur a México, que aunque agitado, es débil (¡basta comprobar con cuántos países tiene frontera China!). EEUU está a unos 10 mil kilómetros de distancia de las zonas candentes de Extremo Oriente y a casi 6.500 de un Oriente Próximo cada vez más enloquecido. Cuenta con unas Fuerzas Armadas enormes, aunque resulte difícil determinar qué propósito estratégico tienen. Sus recursos agrícolas son ingentes, también (a pesar de las últimas sequías) sus reservas de agua potable seguras, así como otros activos nacionales, que van desde sus centros de investigación superior hasta sus recursos minerales.

Además, en términos relativos, su futuro demográfico es halagüeño. Entonces, ¿qué necesidad tiene EEUU de correr de un lado para otro? ¿Por qué no quedarse quieto un momento, como hizo Roosevelt entre 1936 y 1941?

En segundo lugar, ¿por qué no admitir que la primera potencia mundial adolece de deficiencias constitucionales que la incapacitan para enfrentarse adecuadamente a cuestiones de política exterior? Lo que ahora estamos contemplando es un país paralizado que no puede tomar decisiones difíciles en el siglo XXI porque tiene una estructura de Gobierno del XVIII. Quizá lo que en la década de 1780 fuera un buen contrato, suscrito por 13 recelosos Estados, no sea tan ventajoso en un mundo como el nuestro, caracterizado por un cambiante contexto internacional (no es extraño que gran parte de las democracias de la Tierra hayan adoptado regímenes parlamentarios, no presidenciales). Al pertenecer el presidente estadounidense a un partido y estar con frecuencia el Congreso en manos del contrario, ¿cómo vamos a esperar que se tomen decisiones firmes en cuestiones delicadas como la política respecto a los palestinos o las formas de reducir el presupuesto de defensa? Frecuentemente, el presidente parece menos el comandante en jefe que un nuevo Gulliver amarrado por los liliputienses.

Para terminar, tenemos las dificultades que siempre encuentra el país para establecer prioridades en materia de política exterior. A falta de un gran ataque como el de Pearl Harbor, que llevaría a Estados Unidos a decretar una movilización bélica total, el Gobierno se ve sometido a las tensiones contrapuestas de grupos de presión o de intereses especiales, subgrupos étnico-religiosos y demás. Cuando Halford Mackinder escribió en 1919 en su obra clásica Ideales democráticos y realidad que “la democracia se niega a pensar estratégicamente a menos que las cuestiones de defensa la obliguen absolutamente a hacerlo”, seguro que estaba pensando en las batallas internas que tuvo que librar Woodrow Wilson en cuanto se firmó el armisticio de 1918. Es probable que la Administración actual, ante un Congreso hostil, sienta una sensación bastante similar.

Resumamos de nuevo los tres puntos: 1) geopolíticamente, EEUU está tan seguro que en realidad no tiene que demostrar su “liderazgo” en ningún sitio (algo que, bien pensado, es una exigencia de lo más curiosa); 2) en la mayoría de los casos, la rigidez y la lentitud de movimientos que impone la Constitución estadounidense dificultan de manera determinante las acciones decididas, a no ser que el país se vea directamente atacado; y 3) cualquier posibilidad de elaborar una lista de prioridades en materia de política exterior se ve obstaculizada por todos los intereses que intentan impulsar la diplomacia y la estrategia de EEUU en una u otra dirección. Así que, cualquiera que sea el ganador de las elecciones de noviembre, probablemente las políticas de EEUU hacia el exterior sigan careciendo del convencimiento y de la decisión que tendría una gran estrategia y den una impresión, admitámoslo, de bastante indolencia. El consuelo es que, en vista de las ventajas reales del país y de las intrínsecas debilidades de China, Rusia, Irán, los ulemas musulmanes y todos los demás, quizá eso no sea tan malo.

Lamentablemente para todos los entregados grupos de presión y para nuestra caterva de estrategas de salón, este país puede seguir todavía un tiempo dejándose llevar por la corriente, hasta que se tope con un acontecimiento transformador. Pero, ¿qué acontecimiento podría ser ése? En la actualidad, ninguna opinión, ningún escenario posible me ofrece una respuesta convincente.

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