Columnistas

Echarse de menos

Cuando decimos echarse de menos, denota un acto de cariño, de añoranza y reclamo

La Razón / Édgar Arandia

00:00 / 25 de marzo de 2012

Mi inolvidable abuela Olga, chola jovera de Sacaba, siempre nos recomendaba que debíamos “echarnos de menos” cuando faltaba algo que nos impedía vivir plenamente, indagar por alguna carencia que afectaba el curso de la cotidianidad. Es decir que preguntar por aquellas personas que han desaparecido, que nos hacen falta, es como elaborar un diagnóstico del estado de cosas de las personas que te rodean en tu intimidad, luego en tu barrio, en tu ciudad y finalmente en el mundo. Es una construcción social de reciprocidad interpersonal que se ha convertido en un rasgo muy importante en la sociedad boliviana; y su práctica (cada vez  menor) es preocupante por el tráfago de la vida en las ciudades convulsionadas por bloqueos, paros, manifestaciones, vendedoras y  transportistas que convierten en martirio el desplazamiento urbano.

Así como los creyentes van a misa y a su culto, mi ejercicio mensual de comunicación y cariño consiste en llamar a algunos amigos de los que me estaba olvidando y a los que quisiera ver, y si es posible visitarlos; otra práctica ya casi inexistente por las ocupaciones que te dejan muy poco espacio para hacerlo. Por ejemplo, Carlos Espinoza, de mi barrio en la zona Norte, ha desaparecido, el era quien resolvía los problemas de los vecinos que tenían un cortocircuito, fugas de agua, necesitaban reemplazar vidrios quebrados, colocar cortinas, arreglar duchas e infinidad de otros inconvenientes domésticos que se fueron acumulando hasta que nos echamos de menos de Carlos, ¿dónde estará? Era un hombre solo y ahora, en el barrio, nos echamos de menos de él, ¿habrá muerto, se iría de la ciudad? Si alguien lo conoce, por favor, díganle que en la zona Norte lo echamos de menos. Es delgado, usa lentes Ray Ban, tiene el paso cansino, peinado pato, a la usanza de los 70 y siempre lleva su chamarra color del tiempo en las manos.

Un conocido periodista cruceño me preguntó qué echaba de menos en la ciudad de La Paz, y le empecé a enumerar de algo que me traslada a mi niñez: los soldadores que llegaban al conventillo de la calle Catacora para regocijo de los niños, al grito de ¡Pa solei, pa solei! Y todos lo perseguíamos para ver su acto de magia, encender su fogón y hacer chisporrotear sus ácidos para tomar el plomo con su cautín y curar las cicatrices de ollas, tazas, bacines y cuanto cachivache todavía podía sobrevivir. Echo de menos a los afiladores que anunciaban su presencia con un sostenido de sus zampoñas de baquelita y sus carros con una gran rueda que les servía para trasladarse y a la vez girar su piedra de afilar; entonces todos los llokallas del conventillo corríamos detrás de él para ver las chispas que sacaban a los cuchillos y tijeras mut’us y gritar enloquecidos de alegría. Echo de menos a los heladeros que tenían sus carromatos con fotos de los luchadores mexicanos como el Cavernario Galindo, mi ídolo Blue Demon, el luchador afro Lucas el valiente, el boliviano Perro Aguayo. Echo de menos las sastrerías con planchas de carbón y tizas afiladas que despedían un olor a otro mundo. Echo de menos a mis amigos muertos como René Bascopé y Pisscaso Sanjinés y tantos otros que no pudieron ver  a un indígena de Presidente, y poder decirles: —Ahora qué dicen, cojudos.

Echo de menos los reproches que seguramente me harían por seguir una utopía que se tropieza sin remedio. Echo de menos muchas cosas, a muchas personas a las que amé y amo, pero el ser humano tiene la ductilidad para reemplazar esas carencias y seguir su camino, volteando la mirada atrás de vez en cuando, para ver el camino recorrido y  el camino —cada vez más corto— que aún queda por delante.

Cuando decimos echarse de menos, denota un acto de cariño, de añoranza y reclamo. Por eso, este fin de semana, llamé a mi amigo con el que me divierto para preguntarle por su salud, porque mientras él esté bien y yo también, seguiremos soñando con un mundo justo y hermoso, bailando morenada y cargando nuestras matracas, acompañados de nuestras ágiles warmis; sin cuya presencia echaríamos de menos muchas cosas. 

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia