Columnistas

Ecos de la aldea global

En Medio Oriente suenan tambores de guerra con consecuencias impredecibles

La Razón / Walker San Miguel Rodríguez

01:36 / 06 de septiembre de 2013

El globo terráqueo se encuentra en permanente ebullición, los acontecimientos que se vienen produciendo en el Medio Oriente, las decisiones en curso en los centros de poder, la reunión del G-20 en San Petersburgo y los sucesos en América Latina nos muestran un panorama lleno de complejidades, al punto que suenan tambores de guerra con consecuencias impredecibles.

En Egipto y en Siria se han reactivado los conflictos internos que han llevado a esos dos países al borde de una guerra civil. Los muertos se cuentan ya por miles, y en el caso de Siria se han utilizado armas químicas contra la población civil (EEUU y Francia afirman que el régimen de Al Asad es el responsable, mientras que el Gobierno acusa a los grupos contrarios de haber utilizado esas armas prohibidas por convenciones internacionales). El riesgo es que se agrave el conflicto, pues Obama anunció que se producirá un ataque contra objetivos sirios para “escarmentar al régimen”; ha pedido sin embargo que sea el Congreso el que autorice el ataque.

Se ha inaugurado la reunión del privilegiado grupo de países que controlan el 80% de la economía mundial (G-20). La cita es en San Petersburgo y los líderes de Rusia y EEUU se verán las caras en medio del conflicto por Siria (Putin se opone al ataque militar) y con los ecos del caso Snowden, que generó una crisis diplomática entre las dos potencias nucleares al concederle Rusia asilo temporal al exanalista de la NAS. En el G-20 se producirán varias citas bilaterales, siendo el protagonista el Presidente de EEUU. Con el Jefe de Estado francés abordará precisamente el tema sirio, puesto que Francia apoya la intervención militar y ha reactivado su alianza con EEUU. Las citas no serán tan amables con Dilma Rousseff y Enrique Peña Nieto, pues ambos mandatarios tienen serios reparos a las tareas de espionaje que las agencias de seguridad estadounidenses habrían realizado en sus respectivos países.

A su vez, México y Brasil atraviesan por momentos de fuerte ebullición. En México el Gobierno lleva adelante una reforma educativa que quita poder a los sindicatos de maestros (ahora en huelga) y busca cambiar la educación que, según las estadísticas, no es de las mejores. A la par Peña Nieto quiere reformar la política energética y permitir a PEMEX asociarse con empresas privadas, lo que ha generado el rechazo de la izquierda y de su líder histórico y fundador del PRD, Cuahutémoc Cárdenas, hijo del expresidente Lázaro Cárdenas, quien encabezó a principios del siglo XX la nacionalización del petróleo en México.

En Brasil todavía suenan los ecos de las protestas ciudadanas que se produjeron antes de la llegada del papa Francisco, y que pedían cambios en la política y en el comportamiento de los políticos. Pero más fuerte suena la crisis en Itamaraty, generada por la salida, con matiz de fuga, del senador Róger Pinto, uno de los últimos mohicanos de la ultraderecha boliviana; crisis que se llevó nada menos que al canciller Patriota y que generó una tensión (felizmente superada) con Bolivia. Nunca antes se había visto una fractura de tan alta dimensión en la diplomacia brasileña. Gracias a la reunión que Rousseff sostuvo con Morales en Surinam (en la reunión de jefes de Estado de Unasur) se pudo controlar una situación que amenazaba con convertirse en crisis.

La política global se ha tornado en apasionante. Falta aún considerar temas como los paros en Colombia, el retiro de Ecuador de su demanda en La Haya contra Colombia por las fumigaciones en su territorio (anticipando un acuerdo directo entre ambos países), el anunciado retorno de Bachelet a la presidencia de Chile en las elecciones que se avecinan y la proximidad del fallo que emitirá la CIJ sobre el litigio marítimo entre Perú y Chile.     

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