Columnistas

La disolución de lo indígena

Hablar de la descolonización hoy es solo un acto demagógico; este proyecto naufragó antes de comenzar.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

10:11 / 24 de julio de 2016

Un cielo nublado amenazaba con lluvia. Era el 22 de enero de 2006, en Tiwanaku. Más de 50.000 personas, muchas venidas de lejanos países, querían ser testigos de la asunción al poder del primer presidente indígena de Sudamérica. Un trueno despedazó las nubes y salió el sol. La euforia era tal que aquello fue considerado como un signo de que efectivamente este acto sería el inicio de una nueva etapa en la historia de Sudamérica y el mundo. Después de un largo ritual, apareció Evo Morales, acompañado de una taika y flanqueado por el Presidente de Serbia y yatiris, entre ellos Valentín Mejillones, quien años más tarde fue sorprendido traficando drogas y encarcelado. El discurso no fue espiritual, como la mayoría de la gente esperaba, sino fue directo al estómago, fue político. Sin embargo, la multitud estaba eufórica y el optimismo se reflejaba en un escenario festivo y potente. No muy lejos de la comitiva se observaba, merodeando, a personas vinculadas al MNR, ADN, MIR y Condepa, entre otros grupos minoritarios que habían participado en los gobiernos anteriores.

Una de las matrices innovadoras en el programa de gobierno hacía referencia a la “revolución cultural”, cuyo instrumento vinculante con la educación debía ser la descolonización de la conciencia, como primera tarea para construir una base para consolidar y modelar un Estado comunitario basado en el pensamiento de las naciones originarias. La primera tarea política del nuevo gobierno fue nombrar algunos ministros indígenas para dotarse de un matiz que devele el carácter inclusivo.

Silenciosamente, muchos exfuncionarios de gobiernos neoliberales fueron penetrando en las estructuras de poder; y de la misma manera en la que se introdujeron fueron expulsando a los indígenas, con el argumento de que no estaban preparados para conducir la administración del Estado. Después vino el golpe certero con el Fondo Indígena (Fondioc) que, sin conocer los sistemas económicos y de parentesco indígena y menos planificar proyectos por regiones, las autoridades entregaron dinero a campesinos que no conocían las normas bancarias. Ya el desaparecido dirigente indígena Juan de la Cruz Villca vaticinó: “Si fallamos ahora, estamos jodidos”.

La pésima gestión perforó la credibilidad en la reserva moral indígena que el mandatario Evo aseguraba que existía. La oposición enarboló estas irregularidades como una bandera, deslegitimando el hecho histórico de la asunción de un indígena al poder.

Las clases hegemónicas bolivianas, desde su origen colonial, tienen y mantienen la misma estructura que la chilena, la peruana y la argentina, entre otras. Vale decir que entre la izquierda y la derecha existe un lazo, un cordón umbilical común que es el de clase. Pueden disentir y estar en contra coyunturalmente, pero al final nunca se tornarán enemigos, solo ocasionales rivales; y si alguno traiciona su clase, lo eliminan, como a Marcelo Quiroga Santa Cruz que empuño un fusil junto a fabriles y la clase media empobrecida. Es por eso que ya no sorprende que trajinen en ambas veredas sin ningún decoro, porque recalan en su grupo social. Cuidan su espacio de poder. Así se disolvieron las improntas indígenas con las que el Gobierno irrumpió en la historia, dando un portazo a siglos de exclusión y abriendo las puertas otra vez al pasado republicano.

Hablar de la descolonización hoy es solo un acto demagógico; este proyecto naufragó antes de comenzar. La nula existencia de un vínculo programático entre la Ley Avelino Siñani-Elizardo Pérez y el Viceministerio de Descolonización aceleró su final; además, fue torpedeado desde adentro. En el subconsciente de las clases hegemónicas es fácil evidenciar la reproducción de las prácticas liberales de principios del siglo XX; por ejemplo, hay un afán desmedido por consolidar la sede para la Fundación Cultural del Banco Central en la zona Sur o en Sopocachi; jamás lo harían en una zona popular porque los señoritos reproducen la idea de sus abuelos de que la indiada y el cholaje no saben nada de cultura y menos entenderán la descolonización. El canciller Choquehuanca hizo instalar un reloj a la inversa en la plaza Murillo para significar otros tiempos, ¿cuál será?

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