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Edwin Chota, un guerrero contra la tala

Desde niño, Chota aprendió a valorar a los árboles, hasta hacer de su preservación la razón de su existencia

La Razón (Edición Impresa) / Magdalena Arqueros Valer

00:00 / 05 de noviembre de 2014

Desde siempre los árboles han sido la sombra apreciada de los caminantes, los espejismos de los exploradores desorientados en el desierto, protagonistas de mitologías, pero también de historias personales. Basta evocar aquellos árboles que formaron parte de nuestra infancia. Cuántas veces anhelamos encaramarnos hasta la cima de la frondosa copa de alguno de ellos, para desde allí descubrir la dimensión del mundo. Para mí han significado la esperanza de la existencia. Un pequeño árbol ubicado en la colina de un antiguo pueblo romano de montaña fue mi consolación y la certeza en mi vida cotidiana.

Los árboles, pequeños, grandes, estrechos, de largas raíces como de infinita vida son un especial componente de la naturaleza y de la existencia de los hombres. Nos protegen y a la vez preservan el planeta. En lo más profundo de la jungla liberan el oxígeno que todos los seres vivos necesitamos para existir, donando vida. No solamente son los pulmones del planeta, previenen también la erosión y equilibran los ecosistemas. Consciente de todo ello, Edwin Chota (54 años, abogado de profesión, asháninka de origen) desde niño aprendió a amar y valorar en su justa medida a los árboles, hasta hacer de su preservación la razón de su existencia, luchando por su preservación, cruzada que el pasado 1 de septiembre le costó la vida. Chota murió defendiendo lo que la naturaleza nos ha donado, tuvo la inspiración de vivir protegiendo aquello que debe ser protegido, vivió cruzando tierras verdes, gozando de sus frutos, de sus raíces milenarias que conectan al hombre con sus antepasados.

¿Cómo creer en el hombre moderno? ¿Cómo creer en los pensamientos? ¿Cómo creer en las luchas cuando se niegan la existencia a la gente de valor y de aquellos valores por los que luchan hasta la muerte? La superficialidad y languidez de nuestra existencia nos induce a olvidar y a despreciar la amistad entre el hombre y naturaleza, una relación familiar basada en el respeto y la interdependencia. En las tardes, noches y amaneceres se pueden escuchar los lamentos y las melodías de los animales que duermen, se despiertan y procrean como los seres humanos, amparados entre los miembros que componen los bosques. La madera, que no puede ser reducida al lujo del hombre, es la retención del hombre mismo.

Caminemos, escapemos de los sanguinarios que destruyen nuestro planeta. Pensar que cualquier estación del año es hermosa para nacer, pero no hay ninguna que desee albergar esa negación llamada muerte, y menos aún el asesinato de un gran hombre. Es hora de dirigir nuestra mirada hacia Edwin Chota, jefe de la comunidad indígena Alto Tamaya Saweto, y hacia los tres dirigentes asháninkas que también fueron asesinados por la angurria y el amor al dinero, los motores de este mundo: Leoncio Quincima Meléndez, Jorge Ríos Pérez y Francisco Pinedo, quienes murieron por combatir a los taladores ilegales de madera en la zona peruana de Saweto Ucayali. Edwin Chota ya había sentido en su sangre indígena la ausencia de las autoridades. Protejamos a nuestros hermanos, a nuestra estirpe indígena, hombres, mujeres, niños, ancianos que habitan en una tierra que nos mantiene vivos a todos los seres del planeta.

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