Columnistas

Egipto sin salida

Egipto es un país extremadamente pobre, y políticamente no reconoce esta condición

La Razón / Jorge Zapp

02:28 / 24 de agosto de 2013

Recordemos por un momento la definición de democracia de Ortega: “Democracia es la construcción colectiva de un orden social”; no son las elecciones, ni los alcaldes, ni los presidentes, ni la separación de poderes, es algo mucho más profundo que demanda un pacto social de armonía y respeto constructivo y participativo.

Egipto es el país líder del mundo árabe, posee una serie de cualidades que lo hacen único e insustituible: es el más moderno y en buena parte el más cosmopolita de la región, ha sido el adalid natural que aunó a toda la zona en una gran nación: la RAU para acabar con Israel; es también el centro de los altos estudios islámicos, convive con la primera población cristiana (copta), y de alguna manera es la puerta de entrada de Occidente al mundo árabe con gente que habla inglés o francés. Un país que va camino de los 100 millones de habitantes, con una metrópoli que se ve imponente y moderna, y una juventud urbana, educada y conectada a las redes sociales, con un deseo de democracia claro y genuino. Hasta acá, es el principio de solución al aislamiento político del Medio Oriente.

Sin embargo, Egipto es un país extremadamente pobre, tanto en lo rural como en lo urbano, que políticamente no reconoce su pobreza. En una evaluación externa del PNUD sobre un informe nacional de pobreza, realizado por un pariente de Mubarak, observé que, según el documento, el país apenas tenía 13% de pobres, cuando a ojos de un latinoamericano son tres cuartos de la población. Los ricos tienen tanto poder que no pagan impuestos, y los pobres no tienen con qué pagarlos; el Estado se financia con ayuda internacional (principalmente de la Unión Europea, los EEUU y Arabia Saudita), algo de petróleo en el Mar Rojo y el impuesto al turismo; no mucho más que el presupuesto de Bolivia para una población diez veces más grande. Su línea pro-Occidental es naturalmente comprada y frágil, y el Ejército es financiado con recursos de EEUU.

Un país en estas condiciones, luego de una dictadura familiar de 29 años, estalla en la euforia de la primavera árabe. Cae el Gobierno y el Ejército asume el poder, aunque presionado por la población en las calles y conociendo su debilidad presupuestal dependiente del exterior, llama a elecciones democráticas por primera vez en la historia, y ante la ausencia de partidos que aglutinen las diferentes ideologías e intereses, triunfa el único grupo organizado: La Hermandad Musulmana, algo así como el Opus Dei, suelto en la Edad Media. Siendo los ganadores, le dan un enfoque religioso a sus reformas y ocurre la hecatombe. La población y el Ejército sin experiencia democrática, en la que la minoría respeta por un periodo fijo a la mayoría triunfadora, se lanza a las calles;  los militares se asustan y deponen al Presidente constitucional y se crea el desgarramiento actual, sin salida posible.

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