Columnistas

Sobre el Ekeko y otras cosas

El Ekeko era un ser humano que tenía  la potestad de castigar a quienes infringían las normas.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 26 de enero de 2014

El tradicional almuerzo del 24 de enero, en tributo a la divinidad de la fertilidad y la abundancia, fue en el mítico Club de La Paz. Una variada concurrencia le dio un marco festivo al intercambio de illas e ispallas y al metiche dólar y euro, convertidos en illas por la modernidad y la adaptación de las formas de religiosidad que no fueron evangelizadas, pese a los esfuerzos coloniales y neocoloniales.

Nuestro alcalde Luis Revilla estaba rebosante de felicidad al lado de su esposa, Maricruz, ya con señales de haber asumido la cultura kolla y su importante visión de la economía bidimensional: la espiritual y la material, patrimonio filosófico que nos diferencia del mundo occidental. El menú era el preciso para celebrar el jallu pacha o época de las lluvias y la fertilidad, estadio femenino de los ciclos agrícolas que ahora nos brinda los choclos, las habas y ayka de varios temples. Cabe recalcar que tanto el chairo y el plato paceño (que no es otra cosa que una parte del aptapi) estaban excelentes, y el chef  que se hizo cargo es, sin duda, un experto y pulcrísimo conocedor de la tesitura andina. Cuando me acerqué al Alcalde, él me aclaró sobre el reclamo que hicimos un grupo de cholos de las laderas sobre el traslado de varios monumentos del centro y la zona Norte al sur de la ciudad. Explicó que no fue en su gestión y que más bien mejoró muchos barrios de las laderas. Sospecho que tiene planes para embellecer estos despojados barrios.

 Cuando las personas comemos bien (sobre todo en Alasita) representa que estamos celebrando la continuidad de la abundancia en el ciclo agrícola, y cada año debemos cumplir el ritual para que se reproduzca.

Muchas personas consideran al Ekeko un dios de la suerte, y no es así; éste fue un personaje que existió y era parte de la administración del Estado de Tiwanaku y posteriormente, del Inka. Su proceso de divinización tiene origen en los roles que le asignaban los inkas, como ser visitadores, consejeros y administradores. Así, Ponce Sanjinés nos relata que los corcovetas (k’umus) y congéneres no estaban obligados en el imperio incaico a la tributación, y que en el caso de que el Estado lograra excedentes en la producción de artículos fungibles, eran “agraciados con donaciones sustanciales a las que no tenían acceso gente hábil”. Además de estos roles, cumplía uno ligado a la espiritualidad: “Consiguen desempeñar una misión de contornos aún más delicados, al entrar en la órbita religiosa y vincularse a una función sutil y embarazosa como era el acto de confesión verbal de las faltas cometidas. Como es natural, el hecho llamó profundamente la atención de los clérigos europeos, que lo enfocaron con pupila suspicaz y con recóndito estupor quedaron atónitos ante la analogía inmediata con uno de sus sacramentos que cumplía la grey católica”. El mismo autor cita al cronista Cobo, quien dice: “Y cuando acaecía morírsele a algún indio su hijo, le tenían por gran pecado (...), cuando después de haber confesado, hacían los tales lavatorios, le había de azotar con ortigas algún indio monstruoso, como corcovado o contrahecho de nacimiento” (sic).

Es decir, que el Ekeko era un ser humano que tenía la potestad de escuchar confesiones y someter a un castigo a aquellos que consideraba había cometido acciones en contra de las normas. Este rol nos advierte de la ascendencia moral que los hombres pequeños y corcovados tenían en la población, quienes además tenían un trato diferenciado con el resto de la gente que no presentaba alguna excepcional deformación.

La sobremesa de los satisfechos comensales concluyó con una confesión al Ekeko, por supuesto, calentada por el tránsito preelectoral que nos tocará sufrir a los bolivianos y bolivianas: el pueblo distingue, nítidamente, entre la elecciones generales y las municipales, y esta competencia y confrontación entre oficialismo y oposición que vive nuestra ciudad podría serle de beneficio, para contentura del pequeño hombre divinizado.

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