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Elecciones americanas

Ante ese dilema catastrófico, me felicito de no tener derecho a voto en las elecciones de noviembre.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

23:30 / 03 de junio de 2016

Ahora que el duelo eleccionario en Estados Unidos ha quedado entre Hillary Clinton, por el costado demócrata, contra Donald Trump, el controvertido portaestandarte republicano, es posible comparar los atributos de uno y de otro, sin las descalificaciones que durante las escogencias primarias afloraron en ambos campos.

En un artículo anterior (La trampa de Trump) sostenía que los aparentes exabruptos del billonario postulante obedecían a un sofisticado estudio de mercado de la opinión pública, particularmente apuntado a los segmentos que conforman la mayoría silenciosa; esa gente que soporta estoicamente el catecismo de lo “políticamente correcto” sin tener la mínima oportunidad de expresar libre y sinceramente su parecer, por temor a ser tachados de retrógrados, de racistas, de xenófobos o de homofóbicos. La insurgencia de una voz fuerte con los conceptos provocadores de Trump llevaron a millones de norteamericanos a identificarse con él y a engrosar su campaña con entusiasmo militante, hasta conformar una avalancha amenazadora contra el establishment washingtoniano, que engloba a las élites republicanas y demócratas por igual. Este último temperamento también fue la herramienta mágica que usó Bernie Sanders, un anciano decrépito pero con ideario novel, para aglutinar la protesta de la juventud en las filas demócratas hasta convertirse en peligroso rival de madame Clinton.

La ex primera dama, ex senadora neoyorkina, ex secretaria de Estado y ex candidata presidencial batida por Barack Obama carga en su haber muchos “ex” que la contaminan seriamente con el pasado, no siempre mejor, para hoy tornarse creíble cuando ofrece un futuro promisor al país. Pese a algunos párrafos frescos en su discurso, su conocido rostro —ahora surcado de arrugas— la denuncia como un personaje redundante, dejá vu, que no logra convencer al electorado sediento de ese anhelado cambio que Obama no tuvo tiempo de completar. Apelar a su experiencia frente a Trump, para quien la presidencia sería su primer empleo público, es una ventaja ambivalente, porque el paso de la veterana por la cosa pública ha dejado tantas luces como sombras.

En cuanto al perfil personal se refiere, las diferencias son obvias: una mujer versus un hombre, ambos de edad pareja. Ella hizo millones después de dejar la Casa Blanca, él se hizo billonario antes. Ella es una jurista académica conocedora profunda de la problemática internacional; en cambio Trump ha viajado poco, lo foráneo lo aterra y su ámbito de acción se limita a las fronteras que quiere proteger, erigiendo muros contra los bárbaros. Hillary fue una esposa tolerante frente a las urgencias de su marido, quien la convenció que el sexo oral no era —en rigor— una relación sexual. Trump, ortodoxo en la alcoba,  se casó tres veces, renovando su material conyugal a la par que modernizaba sus aviones. Hillary anunció que empleará a Bill Clinton como zar de la economía, Trump se rodeará de astutos magnates multinacionales para entablar la batalla globalizadora. Hillary goza del apoyo de Occidente y de China; Trump desea recuperar la hegemonía americana, recortando las facilidades acordadas al comercio global, fomentando el aislacionismo y apreciando el apoyo de Putin, cuyo nacionalismo ruso le fascina. Para ninguno de ellos América Latina será prioridad, fuera de una incomodidad vecinal.

Hillary cuenta con el apoyo femenino, Trump no puede contener sus actitudes machistas, poco apreciadas por las votantes. En suma, ante ese dilema catastrófico, me felicito de no tener derecho a voto en las elecciones de noviembre, que ciertamente tendrán un final de infarto. 

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