Columnistas

Elecciones europeas

Hay que seguir luchando para imponer a las élites políticas y financieras la voluntad de los pueblos

La Razón (Edición Impresa) / Sami Naïr

01:41 / 17 de mayo de 2014

Primero está la voluntad legítima de dramatización de las elecciones europeas para evitar un alto nivel de abstención. Es la que interpretan actualmente los partidos políticos hegemónicos en Europa, que instan a participar de forma masiva en las votaciones al Parlamento Europeo, sabiendo que la opinión pública europea es cada vez más escéptica con los resultados concretos para los pueblos de las políticas de austeridad puestas en marcha desde hace cuatro años y que no pueden más que seguir endureciéndose. ¿Significa el hecho de votar que se puede cambiar esta orientación?

Los cambios requeridos por unos y otros, para bien o para mal, jamás atañen al núcleo de la política interior europea, es decir, no ponen en tela de juicio el modelo socioeconómico elegido por las fuerzas que actualmente dirigen Europa: la Comisión de Bruselas, el Banco Central Europeo y los países del norte de Europa dirigidos por Alemania. Georges Soros, uno de los maestros de las finanzas internacionales, subrayaba en una reciente entrevista a The New York Review of Books que, en su opinión, los países del sur de Europa, tras la cura de austeridad que les ha sido impuesta, saldrán de la crisis “comparables a países subdesarrollados”.

Es difícil refutar este juicio. Los grandes partidos hegemónicos europeos, seamos honestos, no tienen alternativa que proponer (ni a la crisis ni realmente a la política de austeridad). ¿Por qué? Es una larga historia que no puede ser contada aquí, digamos únicamente que conservadores y progresistas han abandonado todo programa de cambio en el seno de las sociedades únicamente en nombre del horizonte de la construcción europea, en sí concebida como una estructura desencarnada, sin identidad política ni social. Y después está la tragedia. ¿Hay que renunciar a la construcción europea so pretexto de que hasta ahora ha conducido al desprecio de los intereses de las capas sociales más desfavorecidas y, cada vez más, únicamente en beneficio de los más ricos? Esta pregunta es trágica porque implica no ya una respuesta a medias tintas, sino más bien una elección a través de un sí o un no, al igual que en las antiguas tragedias.

Ahora bien, la Europa de los pueblos supera, y con diferencia, a la Europa del negocio y del mercado, remite a un destino inevitable en el marco de la actual mundialización: no aceptar el desafío de su construcción supone condenarse a la desaparición en el mundo del siglo XXI.

Hay, por tanto, que seguir luchando por otra Europa más humana y más solidaria, votar para imponer a las élites políticas y financieras la voluntad de los pueblos, hacer de cada escrutinio un símbolo de compromiso para el futuro. Los márgenes son desde luego ajustados, pero hay que utilizar cada milímetro del poder ciudadano para hacer entender a los responsables europeos otra vía, la de la Europa de los pueblos. 

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