Columnistas

¿Eliminar la pobreza para 2030?

No estaríamos fuera de la realidad si atribuyésemos a los pobres toda la recaudación estatal

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro A. Tagliavini

00:00 / 31 de julio de 2015

Según la CEPAL, en América Latina entre 1982 y 1989 la pobreza aumentó del 40,5% al 48,4% (de 136 a 204 millones de personas), luego, durante los 90, dadas “las reformas estructurales”, se redujo pasando del 48,4% al 43,8% entre 1990 y 1999. Destaca Chile, que de casi 50% de pobres en 1988 pasó al 6% a comienzos del siglo XXI.

Debido al boom de las materias primas, entre 2002 y 2013 los países crecieron a ritmos del 5/6%, reduciéndose a población pobre del 43,8% al 28%; mientras que el índice Gini, de distribución del ingreso, cayó 10%, del 0.542 al 0.486. La región pasó de tener casi 190 millones de pobres a comienzos del siglo XXI a 138 en 2012, el 23,6% de los 528,3 millones de habitantes, según el PNUD, organismo que destacó que entre 2000 y 2012 Bolivia fue el país que más redujo la pobreza en Sudamérica: 32%.

Dado el fin del auge de las materias primas, la crisis de la Unión Europea, el menor empuje de China y el lento crecimiento en EEUU, América Latina crecerá solo 0,5% en 2015, y con ello se ralentizará la reducción de la pobreza que afectaba en 2014 al 28% de la población latinoamericana, estancado en ese nivel desde 2012.

Días atrás, en Adís Abeba, se realizó la Tercera Conferencia de Financiación para el Desarrollo, de la ONU, para “fijar el marco para la financiación de la agenda de desarrollo para los próximos 15 años”, con el fin de erradicar la pobreza y el hambre y reducir la inequidad social. Esto basado en un endurecimiento de la presión tributaria para que los gobiernos obtengan mayores recursos. Sin embargo, van a conseguir lo contrario.

Tomemos por caso Argentina. La presión fiscal habría llegado en 2014 al 35,1% del PIB. Así, en 2015, el fisco se lleva entre el 47% y 62% del ingreso total de una familia media, según sus ingresos. Ahora, estos cálculos se refieren a lo que formalmente debería pagar un trabajador directamente al fisco y no tiene en cuenta que los impuestos, aun cuando teóricamente sean dirigidos a los ricos, son derivados hacia abajo. Un empresario, por caso, los paga subiendo precios, bajando salarios, etc. Entonces, además de los impuestos formales, los pobres pagan los de los ricos vía aumento en el costo de vida y rebaja de remuneraciones.

La recaudación fiscal en Argentina en junio pasado llegó a $us 140.838 millones. Como vimos, sobre los pobres recae con mayor fuerza la presión fiscal, y si sumamos el “impuesto inflacionario”, el costo por el encarecimiento del crédito y la menor productividad de la economía, no estaríamos fuera de la realidad —y hasta nos quedaríamos cortos— si atribuyésemos a los pobres toda la recaudación estatal. 

Según el Barómetro de la Deuda Social, a fines de 2014 el 28,7% de los argentinos era pobre, 11 millones de personas. La canasta básica total (que marca la línea de pobreza) costaba $us 6.384. Entonces, si tomamos la recaudación y la dividimos por los pobres, nos quedan $us 12.800 mensuales para cada uno, siendo que a una familia tipo de cuatro personas le corresponde el cuádruple, es decir, unas ocho veces la canasta básica. Así, si el Gobierno dejara de recaudar impuestos, los pobres desaparecerían, y no es descabellado creer esto, aunque tendrían que hacerse cargo de la obra “pública”. Pero es más eficiente que cada uno pague, por caso, el peaje en las rutas que utiliza antes que pagar hasta las que no usa a través de una burocracia estatal que se come buena parte.  

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