Columnistas

Elogio a la muerte

Como si fuera parte de una resistencia cultural preparan su mast’aku en el riel cerca del cementerio.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez

00:00 / 03 de noviembre de 2015

Una de esas  fechas insoslayables en el calendario festivo de América Latina es el Día de los Muertos. El reencuentro entre la vida y la muerte. Esta veneración de esta ritualidad está atiborrada de colores alegres que decoran, por ejemplo, un mast’aku, mesa servida para que los difuntos retornen a sus moradas terrenales por una jornada que sirve, entre otras cosas, para expiar aquellas tristezas emergentes del fallecimiento de un ser querido. Este sentido mítico de la muerte (de) viene de la cultura, en nuestro caso, de la cultura andina. A diferencia de ese sentido que adquiere la muerte con sus laberintos indescifrables para el mundo occidental que aparece como espectral cabalgando penas.

Para el mundo indígena en América Latina, la muerte tiene su dimensión mitológica; simboliza el ciclo agrícola del maíz en conjunción con los ciclos del Sol y la muerte, y el renacer de quienes gobiernan. Posiblemente, por esta dimensión mitológica alrededor de la celebración del Día de los Difuntos en México que el propio André Bretón vio una expresión surrealista traducida en su arte.

Por eso la muerte al ser un signo, su significación no necesariamente está articulada al dolor y a la pena, sino que dialoga con la vida para que a través de esta relación emerja su verdadero sentido armonioso. El sentido de la muerte para los latinoamericanos, particularmente para el mundo indígena, tiene un sentido mitológico ya que si bien el cuerpo es carcomido por la muerte, el alma está intacta. Esas almas que vienen cada 1 de noviembre a “convivir” con los suyos, no solo para evocar nostálgicamente aquellos momentos idos, sino para reproducir una relación que nunca se acaba. La cosmovisión andina ve a los ajayus —las almas de los difuntos— que retornan para compartir con los vivos de la comunidad.

Esta festividad se remonta a la época prehispánica, cuando la costumbre era sacar a los muertos para compartir con ellos la comida y la bebida para celebrar este sentido armónico entre la vida y la muerte. Los españoles en su afán de extirpar a las almas vieron con estupor este ritual en la misma tumba donde sus seres queridos bebían y comían con las almas. Esta actitud colonial de extirpar a las almas persiste en la actualidad y está enraizada en algunas autoridades de gobiernos municipales que paradójicamente enarbolan el discurso descolonizador a los cuatro vientos, empero, reproducen actitudes colonialistas que a nombre de la higiene y para evitar desmanes por el consumo de alcohol en los camposantos prohíben el ingreso de bebidas espirituosas. Mientras tanto, aquellos familiares de los difuntos a los que no les permiten hacer este ritual cultural  al interior del Cementerio General de Cochabamba, como si fuera parte de una resistencia cultural, preparan su mast’aku en el riel que bordea el camposanto cochabambino para dialogar y compartir con sus ajayus en medio de un mast’aku empachado de comida y bebida para celebrar a la muerte y también la propia vida.

Esa imagen surrealista de los familiares haciendo sus mast’akus en la periferia del cementerio cochabambino, que a pesar de las prohibiciones ediles convocan a sus muertos para festejar junto con ellos, se asemeja a esa escena de la película Frida (en homenaje a Frida Kahlo) en la que la entrañable Chavela Vargas personifica a la muerte y canta  su inconfundible Llorona, como si fuera una sombra de los desvanes llamando a los propios difuntos que cabriolan amor al ritmo de sus zancos.

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