Columnistas

Embarazoso reguetón

No es la primera vez en la historia que se condena a la música por causas de lesa humanidad.

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

00:00 / 31 de mayo de 2015

Sorprendentes declaraciones del Ministro de Educación, Roberto Aguilar, atribuyen a un género musical popular en boga, el reguetón, la causa de embarazos en adolescentes, de creciente estadística en el país. “Tienen letra de sexo explícito”, dijo.

No es la primera vez en la historia del mundo que se condena a la música por causas de lesa humanidad: al tango, por inducir a actos inmorales en la sociedad rioplatense; a los Beatles, por llevar a la juventud al desenfreno; al Metal, por ser instrumento del diablo; a la canción-protesta, por abrirle las puertas al comunismo; a la dodecafonía modernista, por decadente; a la polifonía renacentista, por profana; a la pinkillada, por idólatra. Y así, sin fin.  

Es poco serio, por decir lo menos, que la máxima autoridad de educación del Estado Plurinacional de Bolivia remita a la ciudadanía a semejante simplismo como explicación de un síntoma social cuyas raíces son ramificadas y profundas. Proscríbase el reguetón y dejarán de embarazarse nuestras muchachas (y muchachos), sería el silogismo ministerial, en apariencia.

Aunque el asunto corresponde en principio al área de salud pública, efectivamente la educación tiene un papel que jugar en él, pero desde un horizonte amplio, esperaríamos. El sexo explícito no está solo en las letras del reguetón. Está en internet, en videos de circulación irrestricta, en telenovelas y hasta en publicidad comercial acostumbrada; igual que las drogas y el alcohol, al alcance de todos y bajo auspicios de una sociedad que condena aquello que en el fondo consiente y estimula.

Sin embargo, sexo, drogas y alcohol no son los únicos frentes abiertos contra nuestros niños, niñas y adolescentes. Hay otros de actualidad igualmente preocupantes, como el bullying, por ejemplo, de enorme impacto en la mentalidad con que figuran la vida —ahora mismo— las nuevas generaciones, basada en la premisa de que el otro es siempre un oponente, nunca un aliado. Y el bullying engendra males derivados: pandillaje, anorexia, aislamiento y otros desórdenes transversales en la escala social, lacerantes y devastadores en su efecto para los y las jóvenes (¿se hará seguimiento a este punto?).

También es alarmante la despolitización de la juventud; insólito síntoma, en un proceso histórico de tantas y tan controversiales transformaciones estructurales con trascendencia de largo plazo. Ajenos a la historia, ajenos al presente, ajenos al valor de las cosas, ajenos al sentido crítico, y ajenos también a su condición pasiva en los juegos multidireccionales del poder, ceden sin resistencia el tema político al albedrío de los viejos. Nada por qué luchar, estamos bien; la política es de corruptos.   

Entre la doble moral y el sinsentido, a los chicos de hoy se los incita al sexo, pero se les priva de información sobre el sexo; se los induce al alcohol/drogas, pero se les cierran los canales de expresión; se les promueve un modelo ilusorio, y se les enseña a negarse entre sí (gorda, feo, birlocha, petiso, jailona, marica, k´ara); se los quiere en los límites, pero se los presiona fuera de los límites (de desempeño e identidad, sobre todo). No quisiera ser joven hoy.

En ese cuadro general corresponde efectivamente a la educación una alta misión: proveerles a chicos y chicas de instrumentos y herramientas (analíticas, metodológicas y tecnológicas), mediante las cuales puedan ellos y ellas comprender su realidad, desenvolverse en ella constructivamente, y transformarla según sus ideales por acción propia. Porque la sociedad cambia en procesos, no por aboliciones. Se puede educar para enfrentar la realidad y transformarla. Lo que no se puede es educar sustrayendo realidades. Educación para la salud, y salud para la educación, sí; pero... ¿incriminando al reguetón?

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