Columnistas

Empleo para los jóvenes

No se dan cuenta de que la educación de calidad es el mejor plan para combatir la pobreza

La Razón / José Gramunt de Moragas

00:00 / 30 de mayo de 2012

En medio del tupido bosque de noticias ingratas que cada día nos brindan los medios de comunicación social, de los salvajes linchamientos, de las pandillas asesinas, de los escándalos de corrupción en la institución del orden, etc. por fin, YPFB nos da una buena noticia: la destartalada empresa nacional contrató a 20 estudiantes egresados sobresalientes de las carreras de Ingeniería Petrolera y Geología de la Universidad Mayor de San Andrés, de La Paz, y la Universidad Gabriel René Moreno, de Santa Cruz. Los elegidos por su “excelencia académica” con un promedio superior a 85%  fueron sometidos a pruebas de suficiencia, aptitud y compromiso.

Esta información alentadora me lleva a formular algunas consideraciones sobre la legión de niños y jóvenes bolivianos que son la esperanza y el patrimonio más preciado del país pero cuyas oportunidades de formación están muy por debajo de lo que ellos tienen derecho a esperar. Y, a la hora de enfrentarse con la vida ¿a esas decenas de miles de jóvenes quién les ofrecerá puestos de trabajo dignos y permanentes? La mayoría tiene que conformarse con la rutina, los intereses de los sindicatos de los maestros, la politización de la universidad, la negligencia y, cuando no, el adoctrinamiento étnico del actual gobierno.

Los jóvenes más afortunados se formarán en universidades de otros países. No importa si están clasificados como originarios, mestizos o blancos. Lo que vale es su voluntad de formación seria. Se irán y probablemente ya no volverán. Este hecho no es nuevo. Desde hace años, Bolivia sufre del llamado “drenaje de cerebros”. Gente capaz que pasa a servir a otros países porque, en el suyo, no encontró trabajo en el que realizarse él y su familia. Los que quedan en estas tierras tienen el mérito de no haber sucumbido a la tentación de mejores ofertas en el exterior y de haber aceptado el desafío de lidiar en un medio difícil, especialmente para aquellos que han mantenido su independencia frente a los atractivos mefistofélicos del poder.

Ahora bien: la realidad es que el sistema educativo boliviano oficial se quedó en el siglo XIX. Y en cuanto a los colegios y universidades privadas, son poquísimos los que están en condiciones de competir con los países vecinos. También aquí hay que apreciar el esfuerzo de algunos centros de formación, y de los variados programas de “excelencia” que se llevan a cabo. Pero son insuficientes.

Por otro lado, la actualidad plurinacional o intercultural masista ha impuesto la exaltación de los mitos ancestrales y la mirada puesta en el ombligo de los ancestros milenarios.

Cuidado con lo que uno dice y escribe sobre el tema,  porque le pueden meter en la cárcel por racista. En cambio, la cultura del conocimiento, la creatividad y la innovación no tienen lugar en las mentes de los mandarines de la educación pública, más ensimismados en su arrobamiento del pasado, que despiertos para percibir el dinamismo del presente, que camina veloz y exigente hacia el futuro. No se dan cuenta de que la educación de calidad es el mejor plan para combatir la pobreza.

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