Columnistas

Engendros del intervencionismo

El intervencionismo suele degenerar en males mayores que aquellos a los que se pretende combatir

La Razón (Edición Impresa) / Juan Carlos Zambrana Gutiérrez

02:50 / 22 de septiembre de 2014

Los líderes de una treintena de países han prometido su apoyo a la “ofensiva global” que el Gobierno de Estados Unidos dirige contra el grupo terrorista del Estado Islámico (EI). La indignación ante el inhumano comportamiento de los yihadistas es natural, y asimismo lo es la adhesión a una estrategia multilateral dirigida a combatirlo. Sin embargo, si la solución al problema del terrorismo internacional resulta esquiva es porque no se estudian adecuadamente las causas y los factores agravantes de este problema, o porque este conocimiento no transciende en la forma de políticas adecuadas.

Un informe sobre terrorismo publicado en febrero por el Centro de Terrorismo e insurgencia de Jane (JTIC) registra un incremento del 150% en la actividad terrorista mundial en 2013 en comparación con 2009, y todo apunta a que esta tendencia se mantendrá en 2014, considerando la creciente actividad de Boko Haram (en Nigeria), el Frente al Nusra (en Siria) y Estado Islámico (en Irak), entre otros grupos terroristas que han copado la primera plana de los diarios noticiosos de todo el mundo en lo que va del año.

Los especialistas en seguridad internacional se han dado a la tarea de estudiar este fenómeno, pero existen algunos elementos que saltan a la vista de cualquier observador que emprenda un análisis del asunto. Por ejemplo, el nefasto rol del intervencionismo de los grandes poderes mundiales en Oriente Medio.

Algunos de los momentos más sobresalientes de la historia del intervencionismo en esta región son los acuerdos Sykes-Picot de 1916, el plan de las Naciones Unidas para la partición de Palestina de 1947 y la invasión de Irak en 2003, pero la guerra de Afganistán de 1979 resulta aún más relevante para echar luces al presente análisis. En aquella ocasión los soviéticos querían instaurar un gobierno maleable en Afganistán, y el Gobierno de EEUU decidió evitarlo, apoyando con armas y financiamiento a los guerrilleros islamistas conocidos como muyahidines. Posteriormente, el muyahidín Osama bin Laden (1957-2011) utilizó el entrenamiento y las armas provistas por EEUU para dar forma al grupo terrorista Al Qaeda, que opera en el ámbito internacional y que ha contribuido a la creación y el ascenso del mismísimo EI.

Lo que salta a la vista es que el intervencionismo suele degenerar en males mayores que aquellos a los que se pretende combatir. Por esta razón amplios sectores de la sociedad civil internacional desaprueban la política que el presidente Obama desea continuar aplicando en Siria, y que consiste en dar dinero, entrenamiento y armas a grupos insurgentes, con el argumento de que en esta ocasión serán para combatir a EI y no al presidente Bashar al Asad. Al respecto, el ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Sergueí Lavrov, manifestó que no es correcto entender que haya grupos terroristas buenos y grupos terroristas malos solo porque medien “aspiraciones coyunturales de derrocar un régimen que Occidente considere indeseable.”.

En fin, el papa Francisco explica que las guerras de nuestro tiempo equivalen a una “Tercera guerra mundial combatida por partes”. Si uno de los frentes de esta guerra combate al terrorismo, habrá que aprender de los errores del pasado y reconocer que la provisión de armas a grupos insurgentes ha sido una política fallida que ha producido engendros como Al Qaeda y EI.

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