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Engentarse

Engentarse es eso: aprender los códigos, valores y prohibiciones del grupo en el que nacimos

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:01 / 20 de diciembre de 2015

El ser humano es un ser gregario, decían los libros de la escuela. O sea: necesita convivir con sus semejantes, se enferma y languidece en la soledad, vive el aislamiento como un castigo. El ser humano además establece relaciones monógamas, forma lazos familiares que duran la vida entera y organiza redes sociales que se van acumulando en pirámide, desde la más pequeña tribu hasta el más grande y sofisticado Estado, nación o imperio.

Desde el punto de vista de la biología, los seres humanos podemos ser analizados bajo los mismos criterios que los arácnidos, los moluscos o los peces. Somos animales que conviven en grupos para asegurarse de protección, y por tanto, de supervivencia, como los elefantes o las hormigas. Lo que nos hace diferentes (además de muchas otras cosas) es que los humanos nacemos con un grado de fragilidad que hace imposible la sobrevivencia sin un grupo que nos críe. Y nacemos además totalmente abiertos y vulnerables a que nuestra forma de ver el mundo sea tallada por la cultura y la historia del grupo que nos protege y alimenta. Así es como los niños empiezan a convertirse en musulmanes o anglicanos, bolivianos o sudaneses, vegetarianos o yihadistas.

Mucho antes de que la educación formal enseñe a nuestras crías a sumar, leer, escribir y entender las galaxias, la socialización que ejerce la familia y el grupo más cercano conformado por vecinos, primos y otros allegados les va imprimiendo en la mente y el alma las nociones de “bien” y “mal”, así como la abismal diferencia entre quienes somos “nosotros” y quienes son “ellos”. Es así que cada quien se forma una imagen de sí mismo como miembro del grupo “normal”, asume sus creencias como las “verdaderas”, describe sus costumbres como “civilizadas” y entiende su entorno como el ombligo a partir del cual se mira el mundo. Por eso, en muchos idiomas la palabra que describe al grupo propio es gente.

El ser humano no nace siendo gente, se transforma en gente en la medida que crece y asimila los contenidos culturales que su grupo social considera indispensables para sobrevivir, convivir e integrarse. Engentarse, en un sentido, es eso: aprender los códigos, valores y prohibiciones del grupo en el que nacimos. Así, el grupo se asegura su sobrevivencia al ordenar las jerarquías, prevenir los conflictos y establecer una visión homogénea de lo que se puede hacer, de lo que es mal visto y de lo que es motivo de castigo.

En otro sentido, engentarse es rodearse de gente. Es masificar una actividad, hacerla pública y compartida. En otra época, los momentos para engentarse eran las fiestas del calendario agrícola o religioso, los ritos que marcaban el paso de un estado de la vida a otro. Hoy, a través del largo alcance del cine, la tele e internet, casi todo lo que hacemos se masifica y comparte con círculos más amplios o pequeños; y los códigos y valores de nuestro grupo inmediato se ven complementados, sobrepuestos y a veces avasallados por códigos y valores de grupos que, hasta hace no mucho, considerábamos ajenos.

Así, cada día nos engentamos en escalas locales o globales, ya sea porque salimos con la familia a participar de una festividad en el barrio o la ciudad o porque nos disfrazamos de Yoda o Darth Vader para compartir con el mundo un estreno en el cine. Seguimos, al mismo tiempo, las pulsiones gregarias de nuestros grupos íntimos o las tendencias mundiales de la información, la moda o el esnobismo. Seguimos siendo "nosotros", porque aún nos movemos bajo los dictados de nuestra cultura, nuestra religión y nuestra identidad local o nacional, pero a la vez nos esforzamos por ser un poco "ellos": aquellos a los que internet, la tele o el cine nos muestran como más civilizados, más normales o más “gente” que nosotros mismos.

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