Columnistas

Epidemia del síndrome del ojo electrónico

Los que van por la vida fotografiando todo lo que ven, están condenados a olvidar lo que grabaron

La Razón / Umberto Eco

00:00 / 12 de agosto de 2012

Hace algún tiempo, estaba dando una conferencia en la Academia Española en Roma, o, más bien, tratando de darla. Entonces me encontré distraído por una luz intensa que brillaba en mis ojos y me hacía difícil leer mis notas; era la luz de la cámara de video del teléfono celular de una mujer en el público. Reaccioné comentando (como usualmente lo hago ante fotógrafos impertinentes) que de acuerdo con la adecuada división del trabajo, cuando yo estoy trabajando, ellos debían de dejar de trabajar. La mujer apagó su cámara, pero con un aire oprimido, como si yo la hubiera sometido a una verdadera afrenta.

Este verano en San Leo, cuando la ciudad italiana estaba lanzando una iniciativa en honor del paisaje de la zona de Montefeltro, que aparece en las primeras pinturas renacentistas de Piero della Francesca, tres personas me estaban cegando con los destellos de sus cámaras, y yo me detuve para recordarles las reglas del comportamiento adecuado. Debe tomarse en cuenta que, en estas dos ocasiones, la gente que estaba grabando no pertenecía a equipos profesionales de fotógrafos, y no habían sido enviados a cubrir el evento; eran simplemente personas supuestamente educadas que habían acudido por voluntad propia para asistir a lecturas que requerían cierto grado de conocimientos. Empero, mostraban todos los síntomas del “síndrome del ojo electrónico”. Al parecer prácticamente no tenían el mínimo interés en lo que se estaba diciendo; todo lo que deseaban, aparentemente, era grabar la ocasión y, quizá, subirla a YouTube. Habían renunciado a prestar atención y optado por grabar con sus teléfonos celulares en lugar de observar con sus propios ojos.

Este deseo de estar presente con un ojo mecánico en lugar de con un cerebro parece haber alterado mentalmente a un número significativo de gente que normalmente es educada. Los miembros del público que estaban tomando fotografías y filmando videos en Roma y San Leo probablemente salieron de allí con algunas imágenes, pero sin tener idea de lo que habían visto (tal comportamiento está quizá justificado cuando se ve a una desnudista, pero no en una conferencia académica). Y si, como imagino, estos individuos van por la vida fotografiando todo lo que ven, están condenados a olvidar hoy los que grabaron ayer.

En varias ocasiones he hablado acerca de cómo dejé de tomar fotografías en 1960, después de una gira para conocer catedrales francesas que yo había fotografiado como un demente. Al regresar a casa me encontré en posesión de una serie de fotografías muy mediocres, y ninguna memoria real de lo que había visto. Arroje la cámara, y durante mis viajes posteriores sólo he grabado en mi mente lo que vi. He comprado excelentes tarjetas postales, más que para mí, para otros, para recuerdos futuros.

Una vez, cuando tenía 11 años, me topé con una conmoción inusual en una avenida importante. Desde la distancia, vi las secuelas de un accidente. Un camión había golpeado a una carreta que un granjero manejaba, acompañado por su esposa. La mujer había sido arrojada al suelo. Su cabeza se había roto y ella yacía en un charco de sangre y materia cerebral. Aún recuerdo con horror que, en ese momento, a mí me parecía como si un pastel de crema y fresas se hubiera estrellado en el asfalto. El esposo  sostenía la cabeza de su mujer, llorando desesperadamente. No me acerqué mucho, porque estaba aterrado. No sólo era la primera vez que había visto un cerebro desparramado en el suelo (y afortunadamente fue la última), sino que era también la primera vez que estaba en presencia de la muerte. Y la angustia y la desesperación.

¿Qué habría pasado si yo hubiera tenido un teléfono celular equipado con una cámara de video, como las que tienen todos los chicos hoy en día? Quizá hubiera grabado la escena para mostrarles a mis amigos que yo había estado allí. Y quizá hubiera subido mi tesoro visual a YouTube, para deleitar a otros devotos del schadenfreude. Después de eso, ¿quién sabe? Si hubiera continuado grabando tales desgracias, me habría hecho totalmente indiferente al sufrimiento de otros.

En lugar de eso, conservé todo en mi memoria; 70 años después, la imagen mental de esa mujer me sigue rondando y, de hecho, me ha enseñado a identificarme con el sufrimiento de otros en lugar de ser in- diferente a él. No sé si los jóvenes       actuales tendrán las mismas oportunidades que yo de madurar al llegar a la edad adulta, para no hablar de todos los adultos que, con los ojos pegados a sus teléfonos celulares, ya se han perdido para siempre.

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia