Columnistas

Eres todo para mí

No darle a la familia toda la importancia que merece es menospreciar el presente de la sociedad

La Razón (Edición Impresa) / Lucía Sauma

00:02 / 25 de diciembre de 2014

Cómo estarán las familias de los niños asesinados por los talibanes en Pakistán? ¿Cómo se sentirán los padres de los 43 normalistas de México? ¿Qué recordarán en estos días las madres de los ocho estudiantes que se ahogaron en el río Ichoa en octubre? Son los pensamientos que llegan sin invitación previa por estos días de diciembre. Todas las preguntas se remiten a saber sobre los sentimientos de los familiares, los padres, los hermanos, los abuelos, porque detrás de cada uno de esos niños y jóvenes hay una familia; ese núcleo, el principio donde se originan los seres individuales, los grupos, los pueblos, las naciones.

Qué importante es el momento en el que dos o más personas deciden construir una vida en común y conforman una familia, sin importar cuán diferentes son, cuán distinto el país o el continente donde nacieron. A partir de esa decisión están fundando los pilares de sus propias vidas y las de sus hijos o de quienes se adhieran a su proyecto por decisión propia. La familia sostiene, conduce, construye, consuela; no darle toda la importancia que merece es menospreciar el presente y futuro de la sociedad.

“Tú eres todo para mí”, le decía una niña a su madre en el minibús donde viajaban. Esas palabras, dichas de manera tan franca y con tanta calidez, son como la esencia que tiene la conformación de una familia, el ser para el otro y su razón de existir. La madre respondió con un beso y un abrazo. ¡Qué contagioso ese gesto! ¡Qué ganas de tener a alguien a quien abrazar! ¡Qué buen ejemplo!

Otro día, en otro minibús, otro niño cantaba a voz en cuello la canción del Gusanito medidor que le enseñaron en el kínder, su abuelita pretendía en vano que se calle o al menos baje la voz, los pasajeros reímos, y sin necesidad de acuerdo previo aplaudimos con fuerza, actitud que fue recompensada con la misma canción, pero según el ingenioso intérprete esta vez “con otro gusanito”. Por un momento los pasajeros del minibús nos convertimos en parte de la familia de ese niño que nos regalaba algo tan importante como la canción que le enseñaron en el kínder, era su regalo. ¿Cómo no apreciarlo?

Formar una familia, aunque sea en esa forma tan circunstancial y eventual, es siempre un acto amoroso que nos enfrenta a nuestra capacidad de aprender a compartir, a corresponder, a solidarizarnos, es decir a nuestra capacidad de amar. Nos preguntamos sobre el sentimiento de esas familias que en estos momentos tendrán tanto sufrimiento, para finalmente dejarnos vencer por la nostalgia de otros diciembres, otras navidades, esas donde no se conocía el dolor y con la inocencia intacta, se dejaban zapatos en la ventana para que el Niño Jesús pase regalando juguetes. Cuiden a sus familias, abrácense, ámense. ¡Feliz Navidad!

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