Columnistas

Escaparates cubanos

Las prostitutas si-guen atrapadas entre la falta de derechos y la incapacidad de re-conocer que existen

La Razón / Yoani Sánchez, es periodista cubana y autora del blog Generación

00:26 / 02 de enero de 2012

Sonríe pícaramente, habla con la prensa, mira hacia los escaparates donde las mujeres ofrecen sus favores en el conocido Barrio Rojo de Ámsterdam. Mariela Castro viaja por Holanda y dedica unas frases a la prostitución en Cuba y a las drogas que se venden por todo el malecón habanero. Su ropa impecable, la boina ladeada y esa mirada amable, hacen a muchos concluir que la hija —sin dudas— suaviza la imagen adusta de un padre octogenario, general y presidente.

Mientras Raúl Castro se ausentaba de la XXI Cumbre Iberoamericana en Paraguay, la directora del Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) recorría y admiraba la zona más alegre de la capital holandesa. Invitada a un congreso sobre salud sexual, conversó incluso con algunas mujeres que practican el más antiguo oficio del mundo. Terminó afirmando que había quedado impresionada por la manera en que estas féminas logran “dignificar el trabajo que hacen”. Hasta aquí pareciera que el atrevimiento y la transparencia calan en la nomenclatura de la isla, al menos a través de sus hijos. Sin embargo, un escenario bien diferente discurre en casa, isla adentro, lejos de los micrófonos de Radio Nederland.

Merlyn acaba de cumplir los 17, lleva dos años vendiendo su cuerpo a clientes con pasaporte extranjero que hacen turismo por estos lares. Pasó cerca de seis meses de internamiento en un campamento de reeducación, después de que una madrugada la atraparan en el Parque Central negociando con un cliente. Le teme más a los uniformes azules que a los fantasmas. Evita a los policías cuando se apostan en las esquinas del centro histórico, porque su cédula de identidad sigue diciendo que vive en Mayarí, un pueblito del oriente del país. De vez en cuando, debe pagarle con sus artes a algún guardia de pistola y esposas, para que no la lleven al calabozo.

El “crimen” de esta jovencita de cuerpo frágil y ojos oblicuos es mayor ante nuestra rígida legalidad, pues ejerce la prostitución desde su condición de ilegal en La Habana. Según el Decreto 217 publicado por la Gaceta Oficial en abril de 1997, ella debería regresar de inmediato a su lugar de origen si no cuenta con una residencia en la capital. Para evitar que la introduzcan nuevamente en un tren y la repatríen forzosamente a su terruño, se ha buscado un chulo que la protege. Él localiza a los clientes y discute las tarifas, mientras ella aguarda en un pequeño cuarto del Barrio Chino.

Las prostitutas cubanas, catalogadas una vez por Fidel Castro como “las más cultas del mundo”, siguen atrapadas entre la falta de derechos y la incapacidad del sistema para reconocer que existen. Durante años el discurso oficial se pavoneó de que la isla había sido limpiada totalmente de ese “flagelo del pasado”. En     realidad, en lugar de erradicar la prostitución, lanzaron a la clandestinidad a miles de mujeres que ahora están bajo el control de algún proxeneta o chantajeadas por policías que les exigen pagar con sus servicios. Están a años luz de verse siquiera como esas mujeres que Mariela Castro acaba de encontrar y alabar en el Barrio Rojo holandés. Allá la conocida sexóloga las encontró mostrándose en los escaparates de vidrio y luces de colores, aquí su padre las empuja a la sórdida dependencia de un cuarto sin ventanas.

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