Columnistas

Esconderse tras la Iglesia

El Estado laico nos confronta con este mecanismo interno y devela las sutilezas de la dominación

La Razón / Julieta Paredes

00:00 / 22 de septiembre de 2013

El proceso de cambio implica no sólo cambiar el discurso, que es tal vez la parte inicial y puede ser la parte más fácil; la parte que implica mayor reflexión y exigencia, para actuar de manera coherente entre el decir, el pensar y el actuar, es la que corresponde al hacer posible en los hechos aquello que decimos y deseamos.

Cuando dentro del camino de la nueva Constitución hemos discutido y aprobado, como pueblo, el Estado laico, creo que la propuesta fundamental consistía en sentar la base no sólo de la independencia del poder político respecto de las religiones, sino también —y más importante que la otra— iniciar el proceso de descolonización de nuestras formas de pensar y reflexionar. Entendiendo que la Iglesia y el símbolo de la cruz jugaron un papel muy importante en el dominio y la explotación de nuestras ancestras y ancestros. Internalizar al opresor es el momento que evidencia la derrota, como lo plantea Franz Fanon, hermano africano que denuncia con su pensamiento y lucha anticolonial los mecanismos del control, dominio y hegemonía de unos pueblos sobre los otros, la corresponsabilidad cómplice que tenemos hombres y mujeres en nuestra opresión.

El Estado laico nos confronta precisamente con este mecanismo interno y devela las sutilezas de la dominación; en el otro lado encontramos instrumentos liberadores y solidarios. Uno de ellos, la libertad de conciencia, nos permite el discernimiento propio, desarrolla argumentos y nos impulsa a ponernos en el lugar de la otra y del otro más allá de dogmas aprendidos en el colegio y la familia.

Por eso evidenciamos a responsables políticos del proceso de cambio que se esconden tras las sotanas. No puede ser que sea pretexto o justificación de decisiones políticas la existencia de una Iglesia determinada, o que se escondan tras los preceptos de una confesión religiosa. Eso implica aprovecharse de la representación política para imponer a otras y otros una determinada religión a la que no se adhieren.

De frente a las discusiones sobre el cuerpo, la sexualidad y el deseo, por ejemplo, hay algunos y algunas parlamentarias que argumentan desde su pertenencia a una determinada iglesia. Entonces, me pregunto: ¿para qué el pueblo los ha nombrado? ¿Para qué eligieron al partido que propició su candidatura y puso su sigla, si en concreto es una iglesia la que ordena y legisla indirectamente? Sería contradictorio, pero más claro tener al papa Francisco de parlamentario o parlamentaria y discutir directamente con él, como se dice discutir con el dueño del circo y no con los payasos.

De qué descolonización estamos hablando, cuando para discusiones acerca de delitos sobre el cuerpo de las mujeres y las niñas, como la violación, la pedofilia, el abuso sexual, las y los políticos se esconden tras la Iglesia, y los medios de comunicación crean una falsa discusión con sacerdotes sobre temas que no corresponden al campo de la teología,  sino del derecho. En un Estado laico la religión es un hecho privado.

Es feminista comunitaria.

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