Columnistas

Escribir la historia de Europa en el siglo XXI

El modo en que ha de unirse Europa   es ámbito de la política, no de la historia.

La Razón (Edición Impresa) / Bartolomé Yun Casalilla

02:16 / 08 de marzo de 2014

Si nos importa la Historia, deberíamos más bien empezar por preguntarnos cómo no escribir la historia de Europa en el siglo XXI. Europa no es un Estado-nación y no parece que vaya a serlo en las próximas décadas. Europa tiene hoy unas fronteras muy imprecisas. Por tanto, la historia de Europa no puede escribirse como una unidad (política, pero no solo política) o como el proceso hacia una unidad, ni es posible definirla como un espacio cerrado cuya evolución pueda ser registrada desde un concreto momento histórico hasta el presente. Europa no es una cultura, un idioma, un pueblo (y menos aún una raza) sino muchas: la historia de Europa no puede escribirse como el surgimiento de una cultura o de un lenguaje, o como la historia de un pueblo, sino como la de muchos. Europa hoy no es una religión, sino muchas. Su historia no puede reducirse a la de un único pasado religioso y por tanto no hay una tradición religiosa, ni siquiera la del cristianismo, que pueda reclamar para sí la atención exclusiva del historiador.

Sin embargo los problemas que se plantean al escribir una historia de Europa en el siglo XXI no proceden solamente de la realidad europea, sino de los fundamentos mismos de la historia tal y como la practicamos hoy. Después de un siglo XX en el que la relación entre la Historia y las ciencias sociales produjo una concepción de la historia gobernada por leyes y reglas fijas históricas, los historiadores tienden hoy a contemplar la Historia como un proceso no lineal en el que esas leyes y reglas ya no son normativas sino que están abiertas a un número limitado de posibilidades, y configuradas en numerosas ocasiones como una construcción del pasado. La historia de Europa no puede verse como un producto de fuerzas teleológicas conducentes al capitalismo, al Estado-nación, a la libertad, a los derechos humanos, etcétera.

Pero si tomamos la historia de Europa en un sentido más modesto, es decir, como una construcción imprevista, las posibilidades para una nueva historia de Europa existen. Una “construcción” (y más aún si es imprevista) significa que el historiador escruta en su pasado e identifica variables que le permiten construir una realidad compleja y contradictoria aunque articulada. Una construcción no significa una invención o una manera de “crear” el pasado sino algo basado sólidamente en hechos y documentos (en evidencias lato sensu). Muy posiblemente tengamos que aceptar en el futuro que no tenemos una historia de Europa, sino muchas historias de Europa, cuyo único requisito será el de que tengan que estar basadas en sólidas evidencias, métodos adecuados y meditado razonamiento. Tendremos muchas historias de Europa diferentes (lo que, por cierto, no es una debilidad: ¿cuántas tenemos ya hoy?).

Es más, el hecho de que queramos escribir la historia de muchas naciones, de muchos sistemas sociales, culturas, religiones, creencias y proyectos en sus interacciones significa que la nueva historia de Europa será una historia de implicaciones de dimensión transfronteriza, así como una historia comparativa. En paralelo, el mundo global en el que vivimos nos obligará a escribir una historia que analice esas implicaciones y las compare con las de otras áreas del mundo. Esa historia será, por supuesto, una historia con naciones, con Estados-nación, con creencias esenciales y con dogmas religiosos y culturales, etcétera, pero será también una historia que reconoce el papel del Estado moderno asociado de maneras muy diferentes a las naciones, una historia del reconocimiento de las regiones culturales (en el interior de los Estados y más allá de ellos) así como de sus complejidades internas, en términos de clases, culturas y razas, de las políticas de hoy y del pasado. Dispondremos, por tanto, de las historias de diversas Europas (lo que es cada vez más el caso hoy en día).

Concebida de este modo, la historia y los historiadores perderán parte de su influencia en la sociedad. No serán los gurús que algunos de ellos intentan ser. De hecho se trata de un “relativismo historicista” que será escasamente útil para la construcción de una política europea, con independencia de la idea que tengamos de la misma. Difícilmente será un instrumento válido para una respuesta rápida y eficiente a los diversos problemas que se supone tiene hoy Europa como construcción política: un Ejército coordinado, una política exterior común, un sistema bancario y financiero unido, un sentimiento de unidad que refuerce un tipo de comunidad imaginada que conduzca a emprender acciones comunes y que potencie su solidaridad interna en el corto plazo, etcétera. Pero, por otra parte, este tipo de historia tendrá otras muchas ventajas. Ayudará a relativizar los conflictos. Desarrollará un discurso en el que la crueldad, la violencia y las responsabilidades de los pueblos europeos en el pasado no se olviden, pero en el que prevalezca un sentido menos fatal del pasado de cara a la construcción del futuro. Se hará tal cosa sin descuidar las lecciones del pasado. Pero esa historia de Europa no borrará tampoco el positivo legado europeo resultante de acciones comunes de sus pueblos en el pasado (sentido de la libertad, democracia, derechos humanos, etcétera…). Será tolerante y menos normativa con respecto a otras trayectorias históricas y con respecto a la diversidad de historias europeas, etcétera. En todos esos sentidos será una herramienta más poderosa para la construcción de Europa desde abajo, lo que tal vez será lento, aunque seguro e inevitable.

A este respecto hay dos preguntas que inmediatamente es necesario formular: ¿Es papel del historiador el alimentar un proceso político, como parece haberlo sido en el siglo XIX para muchos historiadores anclados en lo nacional? ¿Es la historia la única herramienta que puede emplear nuestra sociedad en aras de un futuro más unido? Posiblemente, el futuro de Europa y por extensión el de los Estados que la componen no deba construirse solamente sobre el pasado sino sobre las evidencias del pasado y sobre el deseo de construir un futuro mejor y en común. El modo en el que tenga que construirse ese futuro no pertenece al ámbito de la historia sino al de la política. En ese sentido, una historia, con todos sus aspectos conflictivos, debería ser el sedimento del futuro, pero no debería determinar la construcción del futuro. El pasado no puede ser olvidado, pero el deseo de construir una polis común y más justa tendría que ser aún más importante a la hora de forjar el futuro. El futuro es una opción creativa, no un legado. La historia es nada más y nada menos que un legado y una lección para el futuro.

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