Columnistas

Esencia y apariencia

La estética arquitectónica se diluye por la angurria del billete fácil o las estrecheces de la politiquería

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

03:14 / 26 de abril de 2016

En este tiempo, aciago y azaroso, la arquitectura de nuestra ciudad tiene la reprobación de casi toda la sociedad. A pesar del boom de la construcción, ese bello arte no ha acompañado a los beneficios del negocio inmobiliario; ni tampoco ha germinado al influjo de las miles de obras estatales o municipales. Parece que, por las tensiones culturales o los vaivenes de la superestructura ideológica de nuestra formación social, no interesa la arquitectura. Ese arte, de la geometría y de la humanidad plena, se hunde en un pragmatismo constructivo o en la mezquindad generalizada. Es una mediocridad palmaria. No aparece la potencia de la estética arquitectónica y ésta se diluye por la angurria del billete fácil o las estrecheces de la politiquería. Revolucionariamente expresado: construimos privilegiando el valor de cambio sobre el valor de uso.

Lo dijo Octavio Paz: “la arquitectura es el testigo insobornable de la historia”. Y lo construido en nuestras ciudades y regiones será el testimonio de unas décadas fallidas donde perdimos la dimensión más importante: la cultural. Porque, en esa línea culturalista que tanto aprecio, la arquitectura es el corazón palpitante de cualquier proyecto cultural, es la bomba que irradia nutrientes a todo el tejido social.

Pero, relegando la esencia y los valores del oficio, privilegiando la apariencia, llegamos a la mascarada presente donde cada cual se viste y adorna con los ropajes arquitectónicos más insólitos. En algunas ocasiones vestimos los edificios para el negocio inmobiliario: fachadas de estilo mayami sin entender lo que es una sociedad de consumo. En otras, apelamos a un pintoresquismo colorinche y caótico: el cholet. Orgullosamente sus autores lo definen como “nueva arquitectura andina”, cuando en realidad es una decoración que parece una mesa del juego yanqui conocido como pinball. Como remate, el Estado construye sin pausa obras por doquier. En las regiones edifica equipamientos con una evidente miseria material y estética, y en la ciudad presume de injustificados y desproporcionados edificios a lo Ceaucescu.

Es el triunfo de la apariencia sobre la esencia. La era de la máscara arquitectónica sin fundamento ni sentido, donde legos y letrados construyen adefesios para las generaciones futuras. Pero la historia tamiza. Los paceños y paceñas del futuro tendrán la suficiente masa crítica para juzgarnos sin clemencia.

La gran lección que nos legó nuestra arquitectura prehispánica es una bella combinación de esencia y apariencia, de alma y oficio. Nos olvidamos de ello y, para remate, decidimos bailar en la mascarada de la modernidad con la más fea.

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