Columnistas

Esopo y el final capitalista

Los anticapitalistas buscan la justicia social distribuyendo la riqueza, pero olvidando cómo crearla

La Razón (Edición Impresa) / José Rafael Vilar

00:00 / 18 de agosto de 2015

En su fábula El pastor mentiroso, Esopo cuenta la historia de un pastor bromista que siempre anunciaba a gritos que un lobo atacaba su rebaño, pero en realidad se trataba de un bulo bromista que acostumbraba practicar para divertirse, y cuando realmente necesitó ayuda, nadie lo fue a socorrer. Con ella, el fabulista griego quiere darnos la moraleja de que “al que mucho anuncia lo que no sucede, a la postre nadie le toma importancia”.

Desde niño, hace ya varias décadas, oí muchísimas veces repetir el obituario del capitalismo en cada crisis que sacudía al sistema capitalista. Ya de estudiante pude acercarme a quienes lo anunciaron primero: Marx y Engels, Lenin y Mao (también en cierta medida Bakunin); a sus predecesores, los socialistas utópicos (Owen, Saint-Simon, Fourier); y, menos, a Babeuf (menciono a todos para destacar que no fueron pocos los que sostuvieron esta tesis y con buenas argumentaciones).

Sin embargo, en ese periodo desapareció la Unión Soviética (resurgiendo Rusia y muchísimas repúblicas que fueron absorbidas por los dos imperios anteriores, el del águila bicéfala y el de la hoz y el martillo); el muro de Berlín cayó resquebrajando el sistema comunista, e implosionaron todas las democracias populares del este de Europa; la China de las comunas dio paso a un profundo capitalismo (mezcla de privado y de Estado con hegemonía centralista, nada nuevo como herencia de miles de años de imperio), que Vietnam también copió. Y hoy en día los postulados de la revolución bolivariana (hija populista de la revolución permanente de Marx y Engels, que heredó Trotsky y que después Fidel Castro latinoamericanizó) hacen aguas en las crisis de Venezuela (sus afines Brasil y Argentina también padecen); amenazan a Ecuador y a Nicaragua (Bolivia se salva por ahora); mientras en Cuba la dirigencia política, con Castro el menor (pragmática y —seguro— dolorosamente) proclama “¡Cuba sí… y los yankees también!”. Muy triste debe haber sido para los agoreros del capitalismo la reciente “capitulación” de Alexis Tsipras, después de que Atenas se convirtió en lugar de peregrinación (real o virtual) de todos los anticapitalistas.

La justificación socorrida de los reveses es que la injerencia del capitalismo los fue socavando y ahogando (aunque el fracaso del bloqueo a Cuba sea una evidente constatación de esa pésima estrategia de EEUU y de su vergüenza con el pueblo cubano), y al final los hizo fracasar. Y aquí me nace una gran pregunta: si el capitalismo pudo vencer un sistema proclamado más solidario y muchas veces con grandes recursos (Venezuela recibió en la década dorada de los precios del petróleo casi ¡1.000.000.000.000 de dólares!, pero hoy está en acelerada quiebra), ¡entonces, el capitalismo (injusto) es un sistema más eficiente!

La raíz del problema está en que los sistemas anticapitalistas usualmente tratan de lograr la justicia social distribuyendo la riqueza (muchas veces coyuntural), pero olvidando cómo crearla. Ni el capitalismo ni la democracia son los mejores sistemas posibles, pero su perfeccionamiento nos ha dado mejores condiciones de vida y han sacado a millones de personas de la pobreza. Negarlo es autoengañarse.

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