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La Razón / A fuego lento - Édgar Arandia

02:05 / 04 de noviembre de 2012

Una carretera asfaltada, que está siendo reparada por el uso, nos conduce a Tarabuco. Hace más de una década estuve por esta misma carretera, era de tierra y se tardaba más tiempo en cruzarla. Sin embargo, el encanto del lugar es el mismo; al llegar, los techos de tejas aparecen y nos remiten al pasado y a una población que en el siglo XVIII era muy importante. Las ferias dominicales en esta población, a 65 km de Sucre, son famosas porque mantienen su sistema de intercambio entre el trueque y el dinero.

Entre la variedad de productos agrícolas de las poblaciones colindantes está  la producción de textiles, que son una característica que las distingue, porque de alguna manera hacen referencia a su pasado histórico, sobre todo a la batalla de Jumbate (1816), durante la Guerra de la Independencia contra las fuerzas realistas. Hecho remarcado en una terrorífica escultura que domina la plaza y a la que los niños le tienen miedo. En ella está un guerrero tarabuqueño —con los ojos sanguiñolentos— alzando el corazón de un soldado realista con el pecho abierto y un cartel adyacente relata la batalla de los shonko mikuna (comedores de corazón) Calisaya y Carrillo, dos líderes indígenas que permanecen en la memoria. Es una población que usa el quechua para entenderse entre todos: mestizos, criollos y originarios; es decir que culturalmente es un población quechua; así lo manifiesta su manera de vivir cotidianamente.

Doña Marlene es una joven mujer emprendedora, dirige un hostal, cocina, cuida de sus hijos, se preocupa por el agua, nunca pierde el control y atiende a sus huéspedes sin perder su donaire y su franca sonrisa. Así como ella, las mujeres de este lugar son conversadoras y amables, solidarias con los k’ankas perdidos que llegan de muchos lugares del mundo a visitar los atractivos de Tarabuco. Cuando llegué, durante la noche, los vecinos del pueblo se afanaban en preparar sus productos para la feria, y fue la ocasión propicia para entablar conversación, gracias a la llave que permite acercarse a las personas de estas regiones bolivianas: la coca.

Munido de mi chuspa con coca yungueña me acerqué a don Lorenzo Carrillo (descendiente del héroe), que estaba con las puertas abiertas en su taller donde produce ojotas, sentado, siendo, acullicando, fumando su ku’yuna y mirando la calle. Le saludé y me invitó a compartir su coca. Recordó, luego, cuando el presidente Evo fue a Tarabuco, como pasante del pujllay ( juego-carnaval), y los pobladores le pidieron escuelas, calles y se olvidaron del agua, pese a que sus cuatro tomas de ese vital elemento son insuficientes, por el crecimiento de la población y el turismo. Sin embargo, él está orgulloso de los cambios en esta población, una buena parte de las calles están trabajadas con asfalto, losetas y empedrado. —Nunca un presidente se acordó de nosotros, sólo Evo, dice, muy seguro. Cuando hablamos de las elecciones, suspira volcando el humo hacia el tumbado y asegura: —Si volvemos al pasado, será nuestra ruina.

El sol dominical sale muy temprano en esta época del año, y en tanto me preparo para ir a la feria, veo desde la ventana que en los extramuros los comerciantes llegados de la ciudad ofrecen papel, conservas, pasta dental. Más allá se hacen “negocios” con una balanza en la que pesan maíz y cambian por ropa fina. En otra cuadra, la ropa de segunda mano está haciendo estragos con la bellísima vestimenta Yampara; y en los alrededores de la plaza los productores de tejidos están regateando con los turistas seducidos por los textiles. Varias cuadras abajo de la plaza, dos jóvenes emprendedores montaron un espacio gastronómico para turistas y una galería de arte. Julio y Karina Sandóval convirtieron una casa solariega modesta en un enclave de arte y cultura, que se llena de turistas cada domingo. Ellos bailan, guían, animan y muestran (en inglés, quechua y castellano) las múltiples facetas de una cultura viva, y todos salimos contentos de visitar un lugar agradable y sentimos que ya será muy difícil volver al pasado.

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