Columnistas

Estética de la ineficiencia

Por efecto del crecimiento natural de la población, nuestra ciudad se ha visto rebasada

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Ernesto Ichuta Nina

00:31 / 12 de febrero de 2016

A propósito de continuidades políticas, muchos que ven con buenos ojos los 17 años ya de gobierno municipal en la sede de gobierno en manos de los mismos funcionarios que hábilmente operaron una colorida mutación política, alegan que gracias a esa continuidad la Alcaldía de La Paz habría recuperado su institucionalidad. Pero no señalan los costos de ese hecho.

Si bien en los últimos 20 años, por efecto del crecimiento natural de la población, nuestra ciudad se ha visto rebasada, también se ha visto en un proceso de deterioro sin fin. El informe que regularmente publica ONU-Hábitat acerca del Estado de las ciudades de América Latina y el Caribe confirma ese proceso. De ahí que en el panorama regional de las urbes más atractivas para el turismo, o para “vivir bien”, no aparezca La Paz. Sin embargo, quienes celebran la continuidad de los funcionarios municipales reconocen incluso a una de sus últimas autoridades como la mejor que tuvimos, cuando en el panorama mundial, entre 2000 y 2014, cuatro alcaldes venezolanos, dos mexicanos, dos guatemaltecos, dos brasileños y un ecuatoriano —ninguno boliviano— fueron reconocidos como los mejores del mundo, con base en su desempeño en la gestión municipal, según el sitio worldmayor.com.

El desempeño de las autoridades municipales se mide precisamente por sus obras, por lo que la ausencia de ellas supone su ineficiencia. La ausencia de obras cumbre en nuestra ciudad es indiscutible en los últimos años, y las que existen reflejan una estética sórdida que parece referir el modo en el cual se desarrolla la gestión municipal. El bodrio impresentable en el que fue convertido el mercado Lanza, generando confusión con su extraña forma de mostrar y ocultar laberínticamente lo que contiene, ejemplifica ese modo de solaparse en las obras del Gobierno central que no faltará quien se las atribuya a la Alcaldía. Y ni qué decir de la cloaca en la cual resultó la mítica plaza Pérez Velasco.

El mercado y la plaza son la carta de presentación de un pueblo, pero si la estética de ello es vergonzosa, es posible que el venido de fuera quede maravillado más por tener ante sí un monumento al mal gusto y a la ignorancia del diseño arquitectónico que por otra cosa. Pero esa estética de la ineficiencia no termina ahí, más bien comienza en ese punto del centro y se despliega hacia el norte de la ciudad, con referentes importantes como las plazas Eguino, Alonso de Mendoza, Garita de Lima, el área del Cementerio y la Vita, que más que como espacios de cohesión social lucen como espacios de desintegración controlados por el hampa, como lo documentó el periódico La Prensa en su edición del 10 de enero.

La ausencia de obras de impacto estructural en nuestra ciudad reflejan de ese modo una parálisis agravada por las condiciones de una geografía racializada que hace residenciales a unos y marginales a otros. A falta de ello, tenemos una gestión municipal interesada más en su mediatización en banda ancha y en señal abierta, y en la proyección política de sus funcionarios, cuya incapacidad para solucionar el problema básico del autotransporte se parece a la insensibilidad que muestran ante esa estética falaz del chenk’o de cables que se levantan sobre nuestras cabezas.

Empero, la preocupación de nuestro burgomaestre parece ser aprender de otras experiencias ediles para replicarlas en nuestra ciudad, eso explica su reputación como “alcalde viajero”. El problema es que ese modelo imitativo resulta inconsistente. Por ejemplo, de sus viajes a México debía aprender que el trabajo mancomunado entre gobierno local y empresa privada consiste en revitalizar el centro histórico de la Ciudad de México para potenciar la actividad turística y no para organizar desfiles sin sentido.

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