Columnistas

Estigma sobre Cusi

La Razón / Cergio Prudencio

04:51 / 22 de abril de 2012

El rechazo de Atahuallpa a la palabra de un dios que no era suyo, y que le exigía sumisión a un remoto imperio, detonó la furia de la bestia. “Los dichosos españoles arremetieron con gran furia al dicho Atahuallpa y a los capitanes que con él estaban [...] y no hacían sino herir y matar. […] El amanecer del 17 de noviembre de 1531 ofreció en Cajamarca un cuadro horripilante. Sobre un suelo tinto de sangre podía verse, inertes, multitud de cuerpos, y brazos, piernas y cabezas desprendidas de ellos. No había para los invasores enemigo a la vista”. Embriagados de sí mismos, los europeos se arrogaron el derecho de exterminar a los indios por no asumir el cristianismo como propio, inaugurando así una conquista colonial que hoy, cinco siglos después, está muy lejos de cerrarse.

Cuando el magistrado Gualberto Cusi alzó su coca como fuente sagrada de orientación para los dilemas de administración de justicia pública que le tocan, arremetieron contra él los mismos delirantes impulsos que llevaron a Atahuallpa al garrote y a sus súbditos al genocidio. Es que en una visión racionalista, la coca es idolatría y quienes la invocan son herejes. No olvidemos que el colonialismo se basa en la presunción de superioridad del que coloniza, y —lo que es peor— en la aceptación de inferioridad del colonizado.

Con qué arrogancia y desprecio se han referido a Cusi las huestes pizarristas de nuestros días formadas por periodistas, analistas políticos, exgobernantes e intelectuales. Autoerigidos en cultura superior, han aplastado al ídolo y sentenciado al idólatra. La espada del racionalismo ha bajado su filo sobre este asomo de espiritualidad naturalista, porque en realidad “… a algunos hasta se les soltaba el vientre de ver tan cercana tantos indios”. En su lógica, ninguna transgresión a los límites del orden aristotélico-cartesiano tiene cabida en el mundo. Y el mundo es su mundo, claro.

Pero en ese mundo hegemónico y ensimismado, ¿cuántos procesos judiciales no habrán sido dirimidos en confesionarios? Que hable la coca. ¿Cuántos no en despachos políticos? Que hable la coca. ¿Y cuántos —peor aún— en transas de chequera? Que hable la coca. ¿De qué puede presumir esta sociedad tan solapada?

Evocando “El sueño de la razón produce monstruos” de Goya, diremos que éste es uno de ellos. Los absolutos del racionalismo, cuya evidencia de agotamiento es la palpable esquizofrenia de nuestro tiempo, sólo han llevado a los humanos al borde de su extinción. Ante el desastre, otra vida debe ser posible desde una comprensión espiritual de la condición humana. Que hable la coca. Las culturas altiplánicas no están solas; el milenario ideario Tao —por dar sólo un ejemplo— condice a plenitud con ellas, aunque la China oficial haya optado también por producir sus monstruos propios.

Ya imagino cómo sonará mi alegato a los oídos de aquellos amos de todo. ¿Cómo esperar que  asomen la realidad desde categorías distintas a las suyas? Antes los monos solfearán.

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