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Estilo hasta para jurar

Pareciera que se ensayan nuevas formas de expresión de lealtad y compromiso con una ideología

La Razón (Edición Impresa) / Freddy Morales

00:00 / 30 de mayo de 2015

Me sorprendió la fotografía, en un matutino, de un alto funcionario estatal quien, supongo que para demostrar compromiso y fidelidad con sus superiores, al momento de jurar al cargo levantó los dos brazos, con las manos en puño cerrado. Hasta ahora, lo tradicional era que el contundente “Sí, juro” se enuncie acompañado del brazo izquierdo y la mano en puño cerrada hacia el cielo.

Pareciera que se ensayan nuevas formas de expresión de lealtad y compromiso con una ideología. Si esto tiene algo de cierto, no sería raro que se intente incluso la levitación en caso de que alguna persona pretenda expresar sus más hondos sentimientos políticos levantando algo más que los brazos.

Una duda razonable es si quienes se esfuerzan en demostrar máxima fidelidad son efectivamente los mejores (en contraparte, los medios publicaron otra fotografía en la que otra autoridad, al asumir el cargo, se limitó a poner la mano abierta a la altura del corazón). Otra forma de responder a la famosa frase: “Haga la señal de su preferencia” fue, mayoritariamente, la señal de la cruz (con dos dedos cruzados, expresión católica o de jurar por Dios. Nunca se me ocurrió que alguien lo haga con la señal de la cruz en ambas manos para demostrar doble fe).

Puede que esta observación sobre los dos brazos hacia el cielo y puños apretados solo revele mi total falta de actualización con los nuevos símbolos de lealtad y compromiso (no sería raro que así sea, me pasa con la música, la literatura, y tantas otras novedades de estos vertiginosos tiempos).

Sin embargo, aquella foto, (la primera) me trajo a la memoria a un extraordinario maestro: Dulfredo Retamozo, quien, en las clases de Relaciones Públicas, se esforzaba por hacernos entender que la responsabilidad de estos profesionales es la de promover una mejor imagen de la institución; lo que no necesariamente coincide con promover la imagen de la máxima autoridad de la institución en la que se sirve. A veces, ambos esfuerzos se juntan; otras, no. Se ha sabido de casos en que la mala imagen de la autoridad arrastra a la de la institución, y ya se sabe quién asume la cuenta.

El dictador Hugo Banzer dividió el mundo en dos e hizo famosa su concepción: a los amigos todo, a los enemigos palo. Deben haber personas que, con sus mejores intenciones, sin siquiera sospecharlo, ponen en práctica esa filosofía política. A más de uno le debe quitar el sueño cómo hacer buena letra, demostrar fidelidad, inventar gestos, símbolos y frases.

Hubo una época en la que los miristas, mareados por el poder, se apoderaron de casi todos los símbolos que podían expresar las mejores intenciones. En la entonces Corte Electoral anotaron, solo para ellos, la rosa y el clavel, entre otras flores; y todo lo bonito y atractivo que encontraron en la naturaleza. Eran los símbolos de su partido. Buen y exquisito gusto, pero no se puede decir lo mismo de los resultados, al extremo de que lo que anunciaban era su ideología, y su propio partido duró menos que bailar un merengue en la puerta del colegio (así se dice en Centroamérica).

Dicen que cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía. Y tengo la sensación de que ya vivimos suficientes experiencias sobre en qué terminan demasiadas genuflexiones (se irritan las rodillas).

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