Columnistas

Estrés

Realizamos los menjunjes necesarios para sufrir, en esta aldea, el estrés de otras latitudes

La Razón / Carlos Villagómez

00:48 / 03 de abril de 2012

Mónica Oblitas publicó en un matutino colega una buena nota y con un título acertado: La Paz, cuna del estrés. En ella se detallan las causas y los efectos de esa enfermedad contemporánea sobre nuestra ciudad, y cómo ella nos consume la psiquis. Me permito unas acotaciones al tema.

Para ubicarnos en el planeta, siempre defino a La Paz como “una ciudad pequeña o un pueblo grande”. Con casi un millón de habitantes somos nada más que eso, una pequeña sede de gobierno, de escala reducida si la comparamos con las demás capitales de la región. Pero, como era de esperarse, realizamos los menjunjes necesarios para sufrir, en esta aldea, las inclemencias del estrés de otras latitudes. Como pruebas fehacientes detallo un breve resumen: por la estrechez de nuestra  red urbana y la compleja topografía sentimos un hacinamiento vehicular y peatonal que nos ahoga día a día; por la frecuencia inclemente de las fiestas populares y las protestas políticas saturamos nuestro espacio público hasta la esquizofrenia; con nuestra inveterada costumbre de no obedecer las normas y las leyes transformamos cada rincón e instante de nuestras vidas en un berenjenal; en suma, por nuestra forma de ser y la forma de esta ciudad sufrimos lo que ciudades realmente metropolitanas y gigantescas sufren: una verdadera autoflagelación colectiva. Pero, ¿por qué un millón de habitantes deciden cocinarse el cerebro y comerse el hígado sin un motivo de peso?

Los efectos en la vida contemporánea del estrés colectivo son múltiples. De todos ellos los más relevantes son el tráfico urbano y la seguridad ciudadana. Sobre el primero huelgan comentarios. Basta con ser copiloto de un minibús para sufrir todo el libreto del menjunje: el zigzag como el camino “más corto” entre dos puntos; las tarjetas de rutas que, como naipes, varían de acuerdo con el juego de azar entre el chofer y la ciudad; o de cómo el verbo apear se conjuga en nuestras calles en varias líneas paralelas. Por su parte, el transporte privado tiene lo suyo. Sufra con los chapi–ejecutivos que, con ínfulas de Bill Gates, enervan con su 4x4 la ruta del sur al centro.

En estos tiempos la seguridad ciudadana y los horrores que se cometen a nombre de ella son dantescos. Pero, como si nos faltara ponzoña, la otra ciudad, aquella de la virtualidad y la imagen, se encarga de estresarnos al interior de los hogares. La infaltable televisión termina de sazonar  el menjunje “de mañanita” hasta la “nochecita” con  sus “noticiosos”. Fíjate tú qué agenda diaria la que tenemos. No contentos con sufrir en esta ciudad, llegamos a casa, prendemos la tele y terminamos de amargarnos embruteciéndonos. Hablando en oros: una estupidez colectiva.

Etiquetas

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4
5 6 7 8 9 10 11
12 13 14 15 16 17 18
19 20 21 22 23 24 25
26 27 28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia