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Eterna Cadencia
Nuestros modernistas mantuvieron en el fondo ‘una sana, ingenua y provinciana cosmovisión’
La Razón / Ana Rebeca Prada
00:02 / 16 de enero de 2013
Dos libros de la editorial argentina Eterna Cadencia han llegado recientemente a mis manos: Cielo dandi. Escrituras y poéticas de estilo en América Latina (2011), edición y prólogo del chileno Juan Pablo Sutherland; y Poses de fin de siglo. Desbordes del género en la modernidad (2012), ensayos de la crítica argentina Silvia Molloy. Material sin duda importante para el estudio del modernismo.
El libro de Sutherland recoge, en una antología deliciosa, la tradición dandi en Latinoamérica en 26 escritores. Entre ellos brilla uno de los nuestros, el largamente olvidado y recientemente desenterrado Alberto de Villegas. Allí convive con gran soltura y elegancia con Julián del Casal, Rubén Darío, José María Eguren, Enrique Gómez Carrillo, Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Salvador Novo, José Asunción Silva, Abraham Valdelomar y varios otros. Los textos que escoge Sutherland de De Villegas provienen de su escrito dandi por excelencia: Memorias del Mala-Bar (1928). Y de esta joya poco conocida de nuestras letras el chileno escoge tres fragmentos: “Five O’cocktail”, “El Mala-Bar” (que además contiene “Un curso de coquetería”) y “El flirt”. De Villegas encuentra su tribu: nada ligero en corrientes que tenían que ver con el lenguaje como juego, con el arte por el arte, con el escritor como elegante cosmopolita.
El libro de Silvia Molloy contiene dos textos importantes: “Deseo e ideología a fines del siglo XIX” y “La política de la pose”. Allí, y desde la perspectiva de género, la argentina analiza textos sobre Oscar Wilde de dos de nuestros modernistas fundamentales: Martí y Darío. Detecta en estos escritos un rechazo a la figura extravagante y no-masculina del autor inglés, a pesar del enorme respeto por su obra. Confirma ella lo que Rama había decretado en su libro capital, Rubén Darío y el modernismo (1970): nuestros modernistas, a diferencia de algunos de los escritores europeos y norteamericanos, que leían con fruición (Baudelaire, Whitman, Verlaine, Rimbaud, D’Annunzio, y un largo etcétera) mantuvieron en el fondo “una sana, ingenua y provinciana cosmovisión, que testimoniaba la invencible fuerza de su interna tradición cultural”. Esto, para Molloy, sobre todo en todo aquello vinculado al sexo y al género.
De Villegas parece vivir y escribir en medio de varias tensiones: entre una escritura de dandi y de cronista cosmopolita (la de Mala-Bar y Sombras de mujeres, por ejemplo) y un conservadurismo que pareciera socavar ese proyecto. Entre el cosmopolitismo y decadentismo del modernismo y la tradición local, católica y moralizante. Entre una pose que debió contrastar estridentemente con la solemnidad imperante y una cierta angustia frente a esa solemnidad (hay que leer su novela incompleta Gualamba). Complejo y magnífico prosista, menos mal que B. Wiethüchter y el equipo de Hacia una historia crítica (2002) lo sacaron del olvidadero.
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