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Ethos

Somos, a diferencia de los seres de costa, recelosos, reservados y poco propensos al cambio

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

00:55 / 07 de enero de 2014

Conocer nuestras diferencias con respecto a otras realidades raciales y territoriales es clave para de- sentrañar los más profundos arcanos de nuestro ser: sus apetencias y rechazos, sus formas expresivas y costumbres, sus miedos y valores, para saber cómo se formó este particular ser andino que construyó una ciudad en lo más alto de la geografía universal. Para ello no conozco una palabra más apropiada que ethos. Este polisémico vocablo griego significa, según algunos filósofos, “el pensar que afirma la morada del hombre, su referencia original, aquella construida al interior de la íntima complicidad del alma”. Para los objetivos de esta nota lo considero más apropiado que nuestro vocablo aymara ajayu, porque me permite preguntar sin opacidades míticas: ¿íntimamente, quiénes somos?

No me cabe duda alguna de que son los poetas y los artistas los facultados para desentrañar nuestro ethos. Las otras ocupaciones y profesiones son tan torpes que es mejor alejarlas del desafío. Recuerdo una bella comparación del cubano Lezama Lima: “el mar es barroco, la montaña, clásica”. El vate contrastaba la turbulencia y la energía en movimiento del mar con la energía estática y poderosa de nuestras montañas. Esa frase prefigura, además, el estímulo de los sitios a sus moradores: mientras que el horizonte marino te impulsa a arriar velas y viajar, nuestra imantación telúrica nos fuerza al quietismo ya esa parca introspección, tan característica del ser andino. Somos, a diferencia de los seres de costa, recelosos, reservados y poco propensos al cambio, porque nos rendimos ante una montaña impertérrita que lleva el vigor estanco de una columna clásica. Nuestro sitio y nuestra alma poseen gravitas, nuestro ethos ostenta gravedad y severidad. Este rasgo nos ha permitido conservar ritos, creencias y costumbres que han sobrevivido (y nos sobrevivirán) por decenas de siglos, convirtiendo a esta ciudad y su región en reductos de culturas milenarias que luchan por sobrevivir en este fárrago contemporáneo, tan globalizador como embrutecedor. Por todo ello, y convencido de la potencia del Olimpo andino, Tamayo cantaba: “Yo fui el orgullo como se es la cumbre, y fue mi juventud el mar que canta…Si el rayo fue, no en vano fui la cumbre, y mi silencio es más que el mar que canta.”

Qué poco nos conocemos y, con la alharaca del iletrado, proponemos proyectos urbanos y arquitectónicos destemplados y desmesurados. Debemos leer a Tamayo, Diez de Medina o a Saenz, para percibir más nuestro ethos y, con ello, prefigurar un desarrollo humano y urbano que conjugue este tiempo con la potencia de nuestras pervivencias.

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