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La otra Eva Braun

Lo siguió con lealtad canina, no obstante que el Führer proclamaba que su única novia era Alemania

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

00:09 / 07 de enero de 2012

Miles de páginas se han escrito acerca de la fogosa rubia que entregó su vida y su muerte al dictador nazi Adolf Hitler, su ídolo, su mentor y su tormento. Setenta y seis años no bastan para olvidarla y seguir descubriendo facetas misteriosas y distorsiones odiosas del fugaz paso por la Tierra de esa mujer que tuvo en sus manos y entre sus muslos al hacedor de historia más tenebroso de los tiempos modernos.

Heike B. Görtemaker, investigadora alemana, recorre en 324 páginas, los caminos tortuosos de Eva Braun, bajo el título de Leben mit Hitler (Vida con Hitler). Eva siguió con lealtad canina al Führer no obstante que éste proclamaba por doquier que su única novia era Alemania. La autora comienza relatando los avatares de la familia Braun que, como otras de clase media baja, vivía una precaria existencia en los alrededores de Múnich.

A Evrel (su apodo), la diosa fortuna le sonrió cuando siendo a sus 18 años, empleada del estudio fotográfico de Heinrich Hoffmann, un hombrecillo de corto bigote (43) se enamoró de la joven bávara, contando con la complicidad y tolerancia de su patrón. La evolución del romance provocó el suicidio de Geli Raubal (23) hasta entonces la sobrina favorita del Canciller.

Los 14 años que Eva convivió con Hitler estuvieron saturados de soledad y afrentas sociales, ora en la casa ministerial de Berghof ora en el retiro de Kehlstein (nido de águilas), debido a su condición de amante furtiva. La infortunada secuencia de la guerra hizo que empeorara ese contorno y que sus fugaces apariciones en público, al lado del Führer, no demostrasen intimidad alguna.

En momentos en que la derrota del Tercer Reich parecía irreversible, las incitativas de Hitler para que Eva fugara al extranjero fueron inútiles. Ella ya había decidido morir junto a él. A través de múltiples testimonios se ha logrado reconstituir los últimos días de la pareja en el búnker, hostigado durante días y noches por los bombardeos soviéticos.

Solamente algunos colaboradores cercanos,  como el arquitecto Albert Speer o el médico Karl Brandt, estaban presentes cuando el Führer tomó la decisión de quitarse la vida no sin antes unirse en matrimonio civil a Eva, el 29 de abril de 1945. Los sucesivos ruidos del destape de las botellas de champán, festejando el acontecimiento, rimaban con las bombas cada vez más letales en los alrededores del refugio antiaéreo.

En el libro que comentamos se levanta con esplendor la figura interesante de Marga, la  esposa del ministro de propaganda Joseph Goebbels. Esa dama de piernas largas y medias de seda negra ese mismo día distribuyó pastillas de cianuro a sus seis hijos, antes de mascar ella misma la fatal gragea. Su marido la siguió a la eternidad, abrumado por la duda si en verdad Hitler no era,  para su mujer, el amor de su vida.

Hitler probó en Blondi, su leal perro, la dosis de cianuro que luego también acabaría con los 33 años de Eva Anna Paula Braun, aquella petite, rubia, atlética, pero lejos de ser el paradigma de la mujer aria. Cuando Hitler, a su vez, mordió la pastilla, no esperó sus mortales efectos y se aplicó un balazo en la sien derecha.

Los restos de Eva, de su marido y de los Goebbels fueron prontamente incinerados poco antes que los pelotones soviéticos de avanzada ingresaran en tropel al búnker. No obstante que médicos legistas identificaran claramente a los suicidas, Stalin, tanto en la conferencia de Postdam (julio 17 a agosto 2 de 1945) como posteriormente, negó enfáticamente el hecho y favoreció el rumor de que Hitler y Eva hubiesen huido por submarino a destino ignoto. Se dice que esa intriga sirvió para convencer la continuación de la guerra contra el Japón hasta su humillante rendición, como resultado del lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima.   

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