Columnistas

Evangelización jesuita en el Chaco

En 1732 llegaron al Chaco desde Tarija tres jóvenes jesuitas: Julián Lizardi, José Pons e Ignacio Chomé

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

09:27 / 21 de mayo de 2017

El Chaco es una inmensa planicie que abarca el sureste de Bolivia, el norte de Argentina, parte de Paraguay e incluso Brasil. Según qué criterios se usen, puede tener entre medio millón y más de 2 millones de km2. Entre los primeros habitantes de esa región, según las familias lingüístico-culturales, se encuentran los enlhet, los nivaclé o wichí, los zamuco o ayoreo, y los guaykurú. Del norte llegaron también los arawak y los chané, parientes de los moxeños en Beni. La familia tupi-guaraní llegó más tarde, desde el este, buscando tal vez el Ywy maraëi (la tierra sin mal) y, desde el siglo XVI de la era cristiana, huyendo además de los bandeirantes portugueses que los querían revender en Brasil como esclavos.

En una de esas expediciones llegó al Chaco hoy boliviano Alejo García, español o portugués que se asimiló en parte a las comunidades guaraníes, quien murió asesinado cuando se encontraba de regreso en Paraguay o en Brasil. García nos dejó el primer relato de ese contacto anterior a la llegada de los conquistadores. Los chané, más estables, y los guaraní, más belicosos y recién llegados desde el este, pronto se fusionaron parcialmente y se los llamó chiriguaná/chiriguanu, que según algunos quiere decir “el que se casa con una mujer guaná o chane”. Con los años muchos de los chane adoptaron la lengua y muchos rasgos guaraníes.

El propio virrey Francisco de Toledo sucumbió a la estrategia guerrillera guaraní. Los indígenas eran retenidos como rehenes, pero en 1.573 uno de ellos logró escapar. Toledo, furioso, organizó una expedición con 1.500 soldados e indios a su servicio para escarmentarlos. Pero los guaraníes, en vez de plantarles cara, se escurrían por el monte y hasta quemaban sus cosechas. La expedición perdió mucha gente y el propio virrey se enfermó gravemente y tuvo que ser trasladado en una camilla. Desde el monte, los guaraníes se mofaban de él, afirmando entre risas “¿Quién es esa vieja que llevan en la camilla?”.

Medio siglo más tarde, en 1615, la expedición de Ruy Díaz muestra otra faceta clave. Éste había recibido un llamado de los mburuvicha guirapiru y gamaripa, que ya formaban los poblados de Pirití y Charagua al Piedemonte, frente a un sector contrario más al suroeste en torno a Huacaya y Macharetí. Allí recurrió primero Martínez de Irala, quién provocó una masacre entre sus enemigos. Después en 1615 Ruy Díaz entró con 100 soldados, 500 caballos y 200 vacas.

Pasó por Saipurú y de allí siguió hasta Charagua, donde fue muy bien recibido por 3.000 kereymba o jóvenes guerreros flecheros. Allí nombró a Guirapiru como jefe máximo de los chiriguanos; recorrió triunfalmente varios lugares y finalmente estableció un fuerte en Pipi, junto al río Parapetí, no lejos del actual Camiri. Desde allí derrotó a otros varios enemigos de Charagua, pero después éstos, viendo cumplida su venganza, rompieron su alianza con Ruy Díaz y se abuenaron con sus antiguos rivales. Díaz tuvo que abandonar el fuerte del Pipi y volver a Santa Cruz.

En 1732 llegaron desde Tarija tres jóvenes jesuitas: Julián Lizardi, José Pons y el francés Ignacio Chomé, y luego se les unieron otros. Pero era un momento aún muy conflictivo y, para colmo, en las campañas de castigo de 1728-1729, participaron también flecheros de las misiones jesuitas de Chiquitanos, a los que acompañaron también dos jesuitas. Lizardi murió a flechazos en Salinas (Tarija).

Los que habían llegado con o después Lizardi dejaron paulatinamente ese territorio hostil y se instalaron más al norte del río Guapay, cerca de Santa Cruz, donde llegaron a fundar reducciones-misiones guaraní como Cabezas y Porongo; o reforzaron las misiones de los chiquitanos, más al norte. El padre Chomé llegó a fundar entonces la única (y solo temporal) misión de zamucos o ayoreos en plena planicie chaqueña, y elaboró un vocabulario, que sigue inédito en esa lengua. Solo el padre Pons siguió en nuestra región con un estilo inédito de misión libre e intercultural que, cuando expulsaron a los jesuitas (1767) tenía 268 chiriguanos y 57 matacos (hoy weenhayek).

Misioneros y funcionarios públicos usaban con frecuencia la mediación de las autoridades tradicionales guaraní (tuvicha o mburuvicha), estuvieran o no bautizados, quienes, según las diversas coyunturas, se aliaban u oponían, sin poner mucho el acento en que debieran convertirse. Los esposos Clastres (1974) dicen que los guaraníes son una “sociedad sin Estado”.

Es antropólogo lingüista y jesuita.

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