Columnistas

¿Evismo sin Evo?

¿Qué es el evismo? En 1996, Álvaro García Linera lo caracterizaba como ‘una estrategia de poder’.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez

00:16 / 12 de diciembre de 2017

Escribo este artículo días después de las elecciones judiciales del 3 de diciembre desde un rinconcito de la Llajta. Sí, desde Cochabamba; en este lugar no solamente se urdieron conspiraciones y maniobras con efectos innegables para el espectro político, sino, sobre todo, se cocieron proyectos políticos trascendentales para el devenir histórico boliviano. Por ejemplo, el nacionalismo revolucionario fue imaginado como idea y horizonte por intelectuales vallunos. Décadas después, desde las bases cocaleras, en el trópico cochabambino se gestó un movimiento social que devendría en un movimiento político con una relevancia vital para el decurso político.

Cuando veo mi ventana atiborrada de flores regadas por una lluvia prodigiosa, en este ambiente de sosiego empiezo a escudriñar las posibilidades y también limitaciones de ese fenómeno político emergente del movimiento cocalero: el evismo. Pero ¿qué es el evismo? En 1996, Álvaro García Linera lo caracterizaba como “una estrategia de poder” y, añadía “aunque su núcleo fuerte parta de una persona, el evismo es un hecho colectivo revelado como una práctica política”. Quizás aquí esté el quid de la cuestión.

El olor inconfundible de la tierra húmeda invade mi rinconcito refrescando mis elucubraciones. Claro, en el evismo opera un juego de autorrepresentación con sus bases, fundamentalmente indígenas/campesinas. Allí está el voto duro (inalterable) del Movimiento Al Socialismo (MAS). Allí está el éxito electoral de Evo y su partido. Como rezaba uno de sus primeros eslóganes “Evo soy yo”. Aquí se concentra el potencial del liderazgo de Evo Morales convertido en el evismo. Hay una relación libidinal, como diría Freud, entre las bases y el líder. Esa ligazón afectiva hace que la fortaleza del evismo se concentre en la imagen de Evo Morales. Allí está su reducto ganador, su fortaleza; pero a la larga, como si fuera una carnada diabólica, puede derivar en la propia debilidad del evismo.

Cuando el atardecer se acerca con una sagacidad entrañable, me invita a leer/interpretar minuciosamente los resultados electorales dominicales. A pocos días de las elecciones, el Tribunal Constitucional Plurinacional (TCP) generó un ambiente de tensión habilitando, una vez más, a los actuales mandatarios para una nueva reeleción. Un revés al veredicto del referéndum constitucional del 21 de febrero del 2016, cuando la opción del No a la repostulación ganó con un leve margen. Los centros urbanos se convirtieron en territorios de la indignación y se agitaron con más fuerza las banderas del voto nulo. Esa indignación se replicó, con un sentido de humor inusitado de por medio, en las urnas.

Algunas voces agoreras/analíticas presagiaban la debacle de la legitimidad del MAS. Mientras tanto, un video mostraba cómo personeros del Órgano Electoral atravesaban un río cargando en sus espaldas las actas del cómputo oficial de un pueblito campesino. Así, lentamente llegaban los votos rurales que, poco a poco, confirmaban una vez más el mandato del evismo: la obediencia electoral, traducida en esta elección en un exiguo voto nulo en el área rural.

Las primeras noches de la sombra atrapa inexorablemente a la ciudad. Necesito redondear la reflexión. Al parecer, Evo Morales se refugia en sus bases sociales como sostén electoral/político importante de su liderazgo. Quizás allí está el antídoto del evismo para evitar que su legitimidad se evaporé inexorablemente.

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