Columnistas

Evita: la mujer mito

El efecto que alcanzó la figura de Evita en Argentina tiene implicancias mitológicas

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

01:53 / 12 de enero de 2016

Hubo mujeres que influyeron significativamente en el devenir glorioso no solo de la existencia de un hombre específico, sino que su aura envolvente alcanzó a la sociedad misma. Eva Duarte de Perón, quien no solo cautivó a Juan Domingo Perón, sino también a la propia Argentina, fue una muestra de ello. Su trascendencia adquirió aristas mitológicas. Su carisma se propagó inexorablemente en el tiempo. Hace pocos años, cuando Cristina Fernández salía airosa en las elecciones presidenciales por segunda vez, algunas mujeres militantes de una agrupación que reivindicaba el legado de la protectora de los descamisados alzaban pancartas alusivas a ella, y vitoreaban entusiastamente la victoria histórica de Fernández. En ese instante, Evita espectralmente aparecía, una vez más, cabalgando por el imaginario argentino.

Cuando uno recorre no solo por la historia política sino también por otros parajes de la vida cultural argentina, la presencia inconmensurable de Evita está presente, revelando que la devoción de los argentinos por esta mujer-mito sigue intacta. Uno de esos espacios se desliza precisamente en (o por) la literatura.

Efectivamente, la literatura argentina recupera el embalsamiento del cuerpo inerte de Evita, un episodio que incluso adquirió ribetes mitológicos. Ese cuerpo luego se convirtió en protagonista merced a su belleza en vida y su hermosura etérea que incluso desató el deseo sexual de sus guardianes fúnebres, producto del trabajo del embalsamador español Pedro Ara. En su recorrido azaroso por varios cementerios durante más de dos décadas, el cuerpo de Evita, del que se hicieron varias copias, perturbaba a cualquiera que se le acercara, y a la vez llegó a constituirse en un ícono esperanzador para un pueblo que se encontraba a la deriva y decidió depositar su esperanza en la fallecida, quien se transformó en una suerte de Ave Fénix.

El deseo que exhalaba ese cuerpo se convirtió en una metáfora que sucumbió con su hechizo a los propios escritores argentinos. Es el caso de Rodolfo Walsh con su cuento Esa mujer (catalogado por la crítica como el mejor cuento argentino) y de Tomás Eloy Martínez con su novela magistral Santa Evita. Ambos se dieron a la tarea de escribir sobre aquel deseo convertido en un éxtasis eterno provocado por Evita; una idolatría de sus descamisados, casi una necesidad por la madre. Como si se tratase de un seno henchido de mieles a los cuales labios sedientos buscan a su protectora, el pueblo arenga: “Eva Perón/tu corazón/nos acompaña sin cesar. Te prometemos nuestro amor/con juramento de realidad”, así narra Martínez.

La literatura se convierte en una vajilla donde se coloca el deseo. Es la ficción que se sublima a la realidad, en la que ésta y la mitología se encuentran, se confunden, se entretejen. Aquel cuerpo embalsamado de Evita desencadena deseos y esperanzas. Una imagen surrealista al servicio del mito. Como dice el Coronel, personaje del cuento de Walsh: “Sí, ya le dije que esa mujer estaba desnuda. Una diosa, y desnuda, y muerta. Con toda la muerte al aire, ¿sabe? Con todo, con todo (...)”.

El efecto que alcanzó la figura de Evita tiene implicancias mitológicas, ya que recorrió inexorablemente por los avatares de la propia sociedad argentina, “deslizándose entre las luces de lo que no fue y de las oscuridades de lo que pudo haber sido”, como se dice en la novela Santa Evita. 

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