Columnistas

Evolución de la misionología católica

El ecumenismo prioriza la búsqueda de lo común y el respeto mutuo en los puntos de discrepancia

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

09:14 / 05 de junio de 2016

Durante siglos la misionología católica, montada a partir del llamado de Cristo de propagar el Evangelio por todo el mundo, se tomó literalmente como un mandato que incluía la conversión al cristianismo y dentro de él, a la Iglesia Católica Romana. Yo pienso que este supuesto exige ahora una profunda reflexión.

En esta primera entrega me referiré solo al cristianismo. Según un estudio publicado a fines de 2011, el cristianismo sigue siendo la familia religiosa más extendida en el mundo, con 2.180 millones de personas. Es decir casi un tercio de la población total son considerados cristianos, de los cuales los católicos son el 50,1%, los protestantes el 37% y los ortodoxos el 12%; mientras que el resto se lo reparten otras confesiones. Hace 100 años los cristianos eran 600 millones y ahora son 2.180 millones, pero al mismo tiempo la población ha pasado de 1.800 millones a 7.000 millones. Si hace 100 años representaban el 35% de la población, ahora solo son el 32%. Los cristianos han aumentado en África y en Asia, pero en Europa han disminuido. 

En 1910, el 66,3% de los cristianos vivían en Europa, el 27,1% en América, el 4,5% en Asia-Pacífico, el 1,4% en África subsahariana, el 0,7% en Oriente Medio y África del Norte. Pero ahora la situación ha cambiado radicalmente. Hoy Europa está en el segundo puesto (25,9%), y América se lleva la palma (36,8%). Los cristianos han aumentado también en África y en Asia.

La rotura interna del cristianismo entre la Iglesia Ortodoxa y la Iglesia Romana fue la primera gran ruptura consolidada en el siglo XI y mínimamente mitigada por la variante “oriental” dentro de la Iglesia Romana. Esta división era sobre todo con relación al rol del papado romano, como hermanos (interpares) en la Iglesia Ortodoxa o con un rango superior jerárquico y doctrinal en la Iglesia Católica. Pero no había dogmas distintos en las verdades de fe. Las demás diferencias se reducían a cuestiones de costumbres y acentos, por ejemplo los sacerdotes casados de la Iglesia Ortodoxa y también en el rito oriental de la Iglesia Católica. (para más detalles, consultar en Wikipedia).

El siglo XVI vio una nueva ruptura,  mucho mayor, liderada por Martín Lutero, antiguo fraile agustino, la que desde entonces ha dado motivo a cientos de divisiones dentro de quienes se han autodefinido como los “reformados”, conocidos primero como “protestantes” y después como “cristianos” o “evangélicos”, con diversos tipos de relaciones con los católicos, desde guerra de religiones, en que no solo se excluía, sino hasta se aniquilaba a los otros como enemigos; hasta otros casos más recientes en que también se los incluye.

Han surgido así diversos movimientos e instancias de encuentro, llamados genéricamente “ecuménicos”. Sobre todo en los años inmediatos y después del Concilio Vaticano II (1962-65) fueron aumentando las instancias ecuménicas abiertas tanto a los católicos romanos como a los diversos grupos evangélicos.

En estas nuevas circunstancias, ¿cómo debe entenderse la llamada de Cristo con que hemos empezado es reflexión? En toda conducta, la combinación óptima debe incluir lo intelectual, lo afectivo-visceral y lo ético-normativo en todas nuestras acciones. El ecumenismo prioriza, entonces, la búsqueda de lo común y el respeto y el enriquecimiento mutuo en los puntos de discrepancia, mediante el diálogo y el intercambio fructífero en actividades conjuntas. Cada vez y en cualquier ámbito debemos apostar más a los y/y incluyentes en vez de los o/o excluyentes, lo que implica un esfuerzo particular para realzar más lo que nos une.

Es antropólogo lingüista y jesuita.

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