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Exilios

No hay modo de romantizar el exilio; se trata de uno de los destinos más graves y crueles

La Razón / Ana Rebeca Prada

02:31 / 15 de febrero de 2012

Son a veces tan duros los viajes de ida —los de exilio, los de la partida forzada, los de la despedida sin opción— como los viajes de vuelta. Sobre todo, como en Exils (2004), de Tony Gatlif (argelino-francés de la etnia romaní) e Incendies (2010), de Denis Villeneuve (canadiense de Quebec), porque no son los exiliados, los deportados, los viajeros a la fuerza los que realizan el retorno, sino sus hijos. La cinta del canadiense es una adaptación de una obra de teatro del libanés Wajdi Mouawad; la del argelino-francés está basada en su propio guión.

Hijos que han crecido en el nuevo país (alguno del norte, siempre), que hablan la lengua y se visten como los chicos y chicas de ese país. Que son ya de ese país. Ellos son (en el caso de Gatlif, una pareja de enamorados; en el caso de Villeneuve, unos mellizos, hombre y mujer) los que van a desandar sin mucho conocimiento, sin mucha información, sin muchas herramientas del alma el camino de los padres, de las familias, de las madres.

Gatlif opta por un desenlace redentor. La historia de Villeneuve, en cambio, tiene uno de los desenlaces más crueles que yo haya visto, en el que no hay redención posible. Es decir: los artistas pueden optar por creer en el retorno, en la recomposición, en la (posible) curación de las almas vagabundas (así no sea a través de los hijos). Así como pueden optar por mostrarnos las caras más diabólicas de la historia maldita que viven tantos pueblos del mundo.

Interesante es el tratamiento que dan ambos directores a sus personajes femeninos. Sobre la mujer recae siempre el golpe más duro, el proceso más retorcido. Tal vez porque los países de origen de los exilios son países árabes, en los que pareciera que las diversas penalizaciones sociales, culturales se redoblaran cuando se trata de cuerpos femeninos.  Pero esto no resta el dolor de los hombres, en este caso, el de los hijos que revierten la partida forzada para ver con sus propios ojos aquello que los viejos prefieren callar y olvidar. O que recuerdan sólo cuando están muertos.

Es interesante ver estas dos películas juntas, no sólo para evaluar la visión con que los directores elaboran percepciones tan distintas del retorno, sino para mirar con otros ojos, los de la nueva generación, los de los jóvenes, aquello que quemó para siempre la mirada de los viejos.  Sin duda se trata de películas que retan a los chicos, a los hijos ya hechos a imagen de las ciudades que se criaron, a recuperar sus historias, sus identidades, a comprender el dolor silente y de hecho insoportable de sus mayores. Ellos, finalmente, se criaron mamando esa leche dura y doliente.

Como decía insistentemente Edward Said (palestino él): no hay modo de romantizar el exilio; de hablar sobre él con eufemismos. Es uno de los destinos más graves y crueles al que se ha forzado a grandes contingentes humanos a lo largo y ancho del mundo.

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