Columnistas

Extractivismo reacio al cambio

Hace falta una visión holística que permita cambiar el mito del extractivismo como fuente de desarrollo

La Razón (Edición Impresa) / Wolf Rolón Roth

01:47 / 09 de diciembre de 2015

Construir carreteras en áreas protegidas indígenas o invadir parques naturales con exploraciones petroleras es lo mismo que haría cualquier gobierno capitalista basado en el extractivismo. Es el resultado de la carencia de un liderazgo creativo capaz de innovar ante nuevas realidades, “descolonizando” la mente para liberarla de su sometimiento a hacer más de lo mismo. El arraigado pensamiento fatalista de creer que estamos irremediablemente anclados a un mercantilismo global capitalista impide el esfuerzo de imaginación, que abre la voluntad para aceptar que otras alternativas son posibles.

A la mentalidad reacia al cambio le cuesta entender que existen otras opciones y otros líderes para construir un país diferente en el que el extractivismo deje de ser una obsesión; exige recetas concretas e inmediatas que se traduzcan en dinero efectivo.  Por eso insiste en las tradicionales vías de comunicación a través de asfalto y cemento incluso en territorios de agua; y es incapaz de desarrollar otras alternativas de ingreso que no sean las del vicio de recurrir a la extracción de recursos no renovables. Le es difícil plantearse otra forma de agricultura que no sea la del monocultivo; y otra ganadería que no esté basada en la deforestación. En general se aferra a los viejos conceptos del mercantilismo clásico, que considera que otras alternativas son demasiado costosas porque no evalúa los costos en forma correcta. Y esto significa que no cuantifica el valor de recursos naturales como el aire, el agua o la biodiversidad.

Cambiar la mentalidad extractivista es un desafío local y del mundo. Por eso las reuniones de partes ante el cambio climático avanzan lentamente o se empantanan en discursos que revelan la influencia de un autismo desconectado de la realidad planetaria, que trata los problemas globales bajo una óptica separatista, excluyente y territorialista, dirigida por intereses económicos.

Que el mundo insista en una visión disociada del mundo natural y nosotros lo secundemos añadiendo nuestros seculares caudillismos es una miopía con la que perdemos un tiempo valioso para la transición radical hacia un mundo sustentable. No se trata de la calumnia permanente sobre quién destruye más bosques o emite más gases o dilapida el agua dulce, sino de enfrentar el verdadero problema que es la falta de una visión holística, planetaria y sin fronteras geopolíticas; una visión que permita cambiar la mentalidad fatalista de creer que el extractivismo es forzoso y que en forma universal nos lleve a una transformación paulatina, democrática, sostenida y consensuada.

Insistiendo en el extractivismo no nos comportamos como una sociedad responsable de sus recursos naturales que se anticipa a las alteraciones climáticas y ambientales, sino como un país del común que explota en exceso sus recursos, movido por la necesidad, la negligencia y la improvisación política de seudolíderes incapaces de entender que la gran revolución es la del ser.

De la misma forma en que la mentalidad reacia al cambio nos conduce a la periódica irrupción de insustituibles salvadores de la patria, también insiste en la tradición bíblica de creer que el hombre es el centro del universo y en el mito del extractivismo como fuente de desarrollo y bienestar. Es el eco-suicidio por no entender que el milagro no es el hombre, sino la vida.

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