Columnistas

Fantasmas en el aeropuerto

Esos nómadas fantasmas tienen marcados sus territorios y rara vez confabulan juntos

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

01:17 / 21 de enero de 2012

En el elegante aeropuerto de París, la terminal 1 alberga al menos una treintena de ciudadanos que la sociología urbana los cataloga como SDF (sin domicilio fijo), aunque son conocidos popularmente como “clochards”. Sin embargo, en el caso que nos ocupa, esos errantes ociosos conforman la aristocracia de los marginales. Mientras los vagos callejeros duermen a la intemperie o bajo los puentes del Sena, los habitantes del aeropuerto usan todos los servicios ofrecidos a los pasajeros salvo montarse en los aviones. Pero no es tan sencillo ingresar a ese areópago de los trotamundos.

Los durmientes en la aceras lucen mal vestidos, barbudos, despiden olores perversos y acarrean sus pertenencias a cuestas. En tanto que sus colegas de ese puerto aéreo aparentan ser viajeros despistados, empujando sus carritos cargados de bolsas con los bártulos necesarios para la vida ambulante. Recorren todas las puertas de embarque sin embarcarse nunca, absuelven preguntas y dudas de personas en tránsito acerca de la llegada o despegue de aviones que conocen de memoria. Recolectan en los basureros periódicos y revistas del día para informarse del mundo circundante; encuentran lociones y botellas de agua decomisadas por los inspectores de seguridad. Se alimentan de los desechos de los restaurantes y cafés aeroportuarios. Se bañan a la francesa y se afeitan a la inglesa  en los lavabos, donde también lavan y secan al vapor su ropa en altas horas de la noche.

Como trajinan por corredores y recintos públicos, sin irrespetar la ley ni reglamento alguno, a la Policía y a los guardianes de control sólo les queda observarlos en silencio. Al término de una agitada jornada, plena de incidentes de viajes no realizados, se acomodan en mullidos sillones destinados a fatigados clientes que esperan sus vuelos. En sus sueños, seguramente recorren países exóticos en naves supersónicas que conocen sólo a través de los ventanales o de los ruidos que aquellas emiten. Cuando despiertan, comienza un nuevo día con la búsqueda de la taza de café abandonada por algún viajero apurado. Con suerte recogen el abrigo, el paraguas, los guantes, los lentes o las compras del duty free que excursionistas distraídos olvidaron en las salas de espera.

Esos nómadas fantasmas tienen marcados sus territorios y rara vez confabulan juntos. Con 58 millones de usuarios que pasaron por la terminal en los últimos diez años, hay materia comestible para todos. Los 1.700 policías que en sucesivos turnos cuidan esas estratégicas edificaciones aseguran la tranquilidad de sus furtivos estantes las 24 horas del día, asistidos por 5.800 cámaras ocultas que filman constantemente los movimientos que ocurren en cada rincón del inmueble. La duración de esa fascinante pasantía es de meses o de años. Algún reportero contó hasta diez nacionalidades de comensales y entre éstos a varios apátridas o indocumentados. Las malas lenguas dicen que unos son espías de los servicios secretos y otros de Al Qaeda!

El decano de todos ellos era  Mehran Karimi Nasseri que vivió 18 años en esas condiciones hasta que el cineasta Steven Spielberg le compró su historia para elaborar el guión de su película Terminal, cuya estrella principal es Tom Hanks . Sir Alfred, como le llamaban con sorna sus congéneres en el paraíso aeroportuario, se dice de nacionalidad iraní y confiesa que a raíz de la pérdida de sus papeles, su falta de conocimiento de lenguas occidentales y sobre todo sin visa para destino alguno, tuvo que resignarse a vivir en limbo casi dos décadas, aunque asegura que aprendió mucho en esa extravagante experiencia.

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