Columnistas

Fatídico farol

Cada vez que paso cerca del farol en el que colgaron a Villaroel, un escalofrío recorre mi cuerpo.

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

03:15 / 14 de julio de 2013

El 18 de julio de 1932 comenzó la Guerra del Chaco. Después de la contienda, uno de sus oficiales cuya participación en la contienda fue modesta (no fue héroe ni mucho menos) sucumbió ante una intrincada conspiración en 1946. Esto desató la furia popular más terrible que se recuerde en la historia de Bolivia. Hace 67 años, el 14 de julio el entonces presidente Gualberto Villarroel fue vejado y colgado de un farol de la plaza Murillo.

Cada vez que paso por el lado de este artefacto, un escalofrío recorre mi cuerpo. Ahora tiene una pequeña jardinera con un busto del malogrado militar, y en medio reza uno de sus dichos más conocidos: “No soy enemigo de los ricos, pero soy más amigo de los pobres”. Después de la pérdida del acceso soberano a las costas del Pacífico en otra guerra, el conflicto armado entre Bolivia y Paraguay marcó profundamente a la generación que participó en la contienda.

Las consecuencias de este conflicto fueron cruciales a la hora de advertir que Bolivia tenía un proyecto de Estado enclavado en las viejas teorías positivistas, lo que impulsó a la sociedad a entablar una discusión sobre el sistema político, en un escenario desolador. Los temas que incitaban a la pulsión entre frentes ideológicos eran la cuestión de los indígenas, la cuestión obrera, la cuestión agraria y la dependencia económica de los mineros privados. Atrás habían quedado los antiguos temas, como la estructura del gobierno civil y la construcción de ferrocarriles para vertebrar el país, entre otros. En medio de este fragor de ideas y debates, Gualberto Villarroel era un atento participante. De ahí nutrió su edificación para construir Radepa (Razón de Patria). A su vez, la economía rural sufrió un inevitable debacle. La expansión de las haciendas en comunidades indígenas durante la guerra y la posguerra puso al descubierto a un nuevo actor político: el mundo indígena. Mientras esto ocurría en el país, en el exterior la Gran Depresión capitalista impulsaba la creación de nuevos partidos con otros aires.  

El viraje que se produjo fue irreversible, al disolverse el orden establecido e incubarse ideas tomadas del fascismo italiano y del nazismo alemán en los movimientos obreros radicalizados y la clase media politizada por la frustración, en un cóctel con un naciente nacionalismo revolucionario. Ello junto al marxismo y las tendencias socialistas configuraron un escenario propicio para la renovación.

Después del golpe contra el general Peñaranda, en 1943, oficiales del Ejército (aliados con el MNR) pusieron a la cabeza del nuevo gobierno al mayor Villarroel, con varias figuras como estandartes que descollarían luego en la revolución de 1952, como Paz Estenssoro, Céspedes, Montenegro y otros, que abandonaron su tufillo nacional socialista. En 1944, el joven Mandatario prescindió del ala radical movimientista. Fuertes vientos de la Segunda Guerra Mundial comenzaban a sacudir a los países del mundo y a cambiar los modelos económicos inspirados en el Eje, que periclitaba.

El teatro siniestro empezó a cercar a Villarroel. En mayo de 1945, el mandatario celebró el Primer Congreso Nacional Indigenal, en la ciudad de La Paz, cuyos barrios residenciales veían a los indígenas como extraños seres venidos de un mundo aparte. Allí prometió proporcionar infraestructura educativa y luego promulgó un decreto aboliendo el oprobioso pongueaje, sistema de esclavitud que sirvió para engendrar una clase latifundista que entonces empezaba a derrumbarse, provocando la furia de los patrones. Estos y otros sucesos se fueron sumando a errores políticos con la represión a la derecha y a la izquierda, lo que propició una alianza inaudita entre estos grupos.

El 14 de julio de 1946, una manifestación de maestros y estudiantes se transformó en una revuelta popular, que culminó en histeria colectiva. Toda la frustración de la guerra se condensó en este joven militar, que pagó con su vida, de manera macabra, colgado de un farol, frente al Palacio Quemado. Ha pasado más de medio siglo desde entonces, pero el estremecimiento aún invade nuestros cuerpos cuando se pasa cerca del fatídico farol.

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