Columnistas

¡Felicidades, racistas!

La Razón / Óscar Díaz Arnau

00:14 / 28 de mayo de 2012

Así debió saludar el Presidente a los chuquisaqueños el 25 de Mayo, después de encabezar durante cuatro años una ignominiosa campaña de desprestigio en contra, especialmente, de los capitalinos. Pero no tuvo el valor de sincerarse; tampoco hubo de ser traicionado por el inconsciente, así que, veterano político afecto a los dobleces, las suyas fueron puras sonrisas forzadas desde el balcón de la Casa de la Libertad.

Para nadie es desconocida la rabia contenida del Presidente y sus acólitos desde que la insumisión de los sucrenses impidiera a los constituyentes aprobar una Carta Magna a su gusto y antojo, “democráticamente”, en un cuartel militar. No ha pasado tanto tiempo como para olvidar de qué manera se escaparon aquella vez de La Glorieta, ¿o hace falta recordar que salieron camuflados, entre ríos secos y al amparo de la noche, sin importarles el detalle de que su actuación había costado la vida de tres personas?

Al Presidente quizá le sirva de consuelo saber que sus bajos sentimientos son correspondidos: las decenas de miles de díscolos de 2007, indignados de toda clase social, del centro y de las áreas periurbanas, tampoco lo quieren a él. Vamos para los cinco años de la asonada de La Calancha y la herida se mantiene abierta; y así será mientras campee la impunidad para los responsables de las muertes que, claro está, reciben protección a través del indisimulado manejo político de la Justicia.

En contrapartida, el juicio por los vejámenes a campesinos se desarrolla con el entusiasta impulso de los gobernantes. La prensa ha sido testigo de que Sacha Llorenti y el actual gobernador Urquizu en persona movilizaron, junto con dirigentes sociales, a quienes luego fueron tristemente vilipendiados; pero esto no ha sido tomado en cuenta por los fiscales. La consigna es encarcelar a los miembros del Comité Interinstitucional —que un año antes habían hecho la vida imposible a los masistas en la Constituyente—, salvando de culpa a todo pitufo que hubiera salido a pasear aquel 24 de mayo por la plaza central de Sucre.

Los azulados están en todas partes. De la misma suerte extrajudicial gozan el ahora viceministro Rada, quien comandó los brutales ataques contra los civiles en La Calancha; el ministro Quintana, otrora aficionado a los camiones; y, de nuevo, el celebérrimo Sacha Llorenti, con su kepi de Calancha, Caranavi, Uncía y Chaparina, encabezando los rankings de indemnidad.

La payasada del racismo en la capital es una falacia urdida por el MAS, como tantas otras que nos venden a diario. Nadie en este país puede asegurar, tajantemente, que no existe discriminación; nadie, en Sucre ni en otra ciudad o población rural. Pero, analizando lo ocurrido el 24 de mayo de 2007, el hecho de que un puñado de idiotas se haya atrevido a mancillar el honor de campesinos, primero, no prueba que el pensamiento racista pueda darse fuera del marco político en el que se produjeron los incidentes y, segundo, menos aún que encarne una forma de pensar generalizada del sucrense.

Como los bufones del Gobierno están a la orden del día, no han faltado quienes, a vuelta de encontronazos entre simpatizantes del MAS y trabajadores de salud, la semana pasada insistieron con la cantaleta del racismo. El Presidente, puras sonrisas de balcón, mientras sus títeres “lamentaban” la supuesta nueva expresión “racista y discriminatoria”, ¿dónde más?, en Sucre.

Al menos, sean dignos y no hipócritas. Si este gobierno va a continuar estigmatizando al pueblo chuquisaqueño porque se ha quedado con la sangre en el ojo, cuando a sus autoridades les toque llegar por las efemérides tengan, pues, el valor de decir las cosas de frente.

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