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Feliz descolonización

Lo lamento por quienes esperaban otra cosa, pero no voy a adscribirme a la pléyade de bienhumorados que, presumo, se dejan guiar por alguna superstición o creencia sobrenatural y por eso nadie les saca de la cabeza que no está bien escribir de lo negativo en tiempos de paz y amor (Jo-jo-jo, din-don-dan).

La Razón / Óscar Díaz Arnau

02:23 / 26 de diciembre de 2011

Así como desde hace años procuro, sin éxito, armarme de valor para despojar a mis hijos de la deshonestidad navideña de Papá Noel (“Yo les compro sus regalos, ese viejito es un invento auspiciado por la Coca-Cola”), también me estuve amargando, de puro gusto, por ciertas (im)posturas que denigran —más— la generalizada pigricia social.

Hay señales alarmantes de que el paso del tiempo acrecienta la dosis de estulticia. (Acaso sirva para mitigar esta penosa condición humana saber que los talentos se conservan de por vida y que tarde o temprano cada individuo se distingue del resto, provocando el milagro de que cada ridiculez sea única, irrepetible, como Dios manda).

Por ejemplo: Mientras unos se abocan tenazmente al desmantelamiento de la educación so pretexto la necesidad de descolonizarla, en las aulas, en las familias, en las calles, en los micros, en los discursos y en los medios de comunicación reinan la ignorancia y, lo más lacerante, para mí, la ridiculez. Esto, en el proceso de cambio, no importa tanto; lo urgente en materia educativa es descolonizar. Somos quechuas, aymaras o de alguna de las decenas de etnias reconocidas en el país: hay que readecuar la educación, preservándola de las malas influencias española y estadounidense.

La prioridad de la descolonización termina siendo un insulto en un país como el nuestro, que tiene retos tan básicos como el de sacar a su gente de la ignorancia o la ridiculez. O del papelón: ¿Cuántos profesionales —incluso maestros— emplean estas expresiones: “Su firma de ella”, “para su uso de usted” o “su mamá de la Fernanda”?Así, nunca dejaremos de escuchar barbaridades inadmisibles a esta altura de la civilización del lenguaje (“estoy viniendo” en vez de “estoy yendo”). Y lo más probable es que los ridículos se multipliquen y continúen alimentando los cócteles de urticantes remilgos (“valga la redundancia”, “los mal llamados” y otras afectaciones).

Habrá que ser bienintencionados y pensar que las autoridades del proceso de cambio no se han enterado de que ya no se abren salas de arte; hace años que solo se “aperturan” recintos electorales y mesas de sufragio.

Ocupadas en la descolonización de nuestros niños, difícilmente las autoridades competentes sepan que no sirve entregar nomás regalos, se debe “hacer entrega” y, de paso, dislocar la lengua ante las orejas de los medios. O que si hubo casos graves de delitos, no basta: “hubieron” suena a más cantidad. O que “su casa del alcalde” debe ser más de él que de cualquier otra persona, mientras todo se produce “en favor de” alguien y rara vez “a favor”, como debería ser.

En fin, para qué golpearse la testa contra la pared si la sola realidad es un mazazo. Si cada hora, en miles de cartas, alguien se dirige a “su persona” y otra pide algo para beneficio “de mi persona”, desestimando los sencillísimos y, créanme, más elegantes “usted” y “de mí”. Si los periodistas reportan ingresos “a” plaza Murillo o “en” plaza 25 de Mayo, con tanta economía que los suyos no necesitan de artículo.

Para los indulgentes partidarios de la buena onda y la parafernalia navideña, el retraso en la educación, que con ahínco fomentan autoridades despistadas, no quita lo otro, el jo-jo-jo y el din-don-dan. Por algo será que no me atrevo a quitarles la ilusión a mis hijos. Feliz año nuevo para todos.

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