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Feminazis

¿Cómo deben luchar? Ellas lo saben más que nadie: es su camino, tan transformador.

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Vargas

09:28 / 21 de mayo de 2017

Cada vez que leo que alguien escribe o dice “feminazi”, me viene una sensación de orgullo. Ese momento vuelve a reafirmarse el hecho de que estas “extremistas”, “solteronas”, “que necesitan un pene”, “feas”, “histéricas”, “buscapleitos” y “malcogidas” están en el camino correcto. Y es más que obvio que no importa que lo diga yo, ellas lo saben de memoria.

Quienes dicen “feminazi” —ellos o ellas— hacen gala de su misoginia, de su comodidad/conformismo con un sistema injusto; se ufanan de ser enemigos de una mejor sociedad, argumentando, paradójicamente, que por qué hay que hablar de las mujeres y no de “todos”. Cuando alguien dice “feminazi” revela que tiene interiorizada la resistencia a la igualdad de derechos y oportunidades en la diferencia, que no es capaz de escuchar lecturas diversas de la realidad. Esa persona es alguien que va a culpar a las mujeres de sus desgracias: la explotación laboral, la violencia doméstica, los abortos, el acoso, la violencia sexual de la que es víctima. Para qué se pinta, para qué estudia una carrera de hombres, para qué se casa, para qué se embaraza, para qué nace mujer...

Yo soy un hombre feminista. A lo mucho me han dicho que lo soy porque quiero “likes” en Facebook. La verdad es que para nosotros es más fácil y cómodo ser feministas: nos vemos más “progre”. Tan peligroso que no faltamos los atrevidos que nos damos el lujo de explicarles a ellas —¡a ellas!— cómo ser buenas feministas: “pónganse de acuerdo”, “no sean tan agresivas”, “no se peleen con la fe y las tradiciones”. Qué atrevimiento.

En mi caso, yo aprendo un montón de su producción teórica y de sus metodologías; sobre todo a disentir, a escapar del análisis preestablecido, a buscar mis propias visiones de mundo, a cuestionarme cosas que desde niño he creído que son “normales”.

¿Cómo deben luchar? Ellas lo saben más que nadie; es su camino: tan rico, tan variado, tan transformador, que quizá puede parecer contradictorio (¿quién tiene la razón: la feminista anarquista, la ecologista o la católica?), cuando en realidad proponen una mirada de mundo generosa: cada quien tiene y defiende su postura.

No es que yo me quede con los brazos cruzados: de mí depende ser un aliado y dejar de ser el enemigo; trabajar mi propia y ansiada transformación de la carga patriarcal que llevo dentro. De mí depende provocar en mi entorno la chispa de la duda, de la invitación a pensar distinto; no para que “cambien”, solo para compartir ese gusanito cuestionador que ha revolucionado mi mundo.

Gracias a todas ustedes, “feminazis”. Son necesarias, imprescindibles. Desde que existen, hay esperanza.

Es periodista de La Razón.

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