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Fetichismos

En Bolivia hemos construido un fetichismo particular: la adoración a las leyes escritas

La Razón / Carmen Beatriz Ruiz

00:57 / 28 de diciembre de 2011

Fetiche. Una palabra que en cierto modo evoca imágenes sombrías, ambiguas y al mismo tiempo provocadoras, que sugiere un mundo de perversiones a veces tenues, a veces escandalosas. Sin embargo, ya habrán percibido las y los agudos lectores que no estoy refiriéndome al fetichismo definido por los expertos como una parafilia de trastornos de identidad, hábitos y actitudes que se expresan en forma de “fantasías sexuales recurrentes y altamente excitantes, impulsos o comportamientos de la misma índole ligados a objetivos inanimados”.

A despecho de los más serios, tampoco me estoy refiriendo a la densa explicación marxista de fetichismo mercantil. Pero fetiche es exactamente el término que quiero usar. En Bolivia hemos construido un fetichismo particular: la adoración a las leyes escritas. Hay varios ejemplos.

Un lugar común para describirnos e identificarnos es que “tenemos las leyes más avanzadas”; la mayoría de los activismos se promueven alrededor de la demanda de una ley específica, y no hay acto o agencia de gobierno que no sea refrendado por una ley. En 2000, el entonces poderoso agitador político Felipe Quispe retrasó la firma de un acuerdo que tenía en jaque al Gobierno, porque la propuesta de texto que le hicieron no estaba en papel sellado, una antigüedad colonial que, según tengo entendido, en Sudamérica se mantuvo vigente sólo en Bolivia hasta la década final del siglo XX. Pero Quispe, irredento subversor del colonialismo, no creía en la palabra si no estaba bendecida por el sello oficial.

La definición del diccionario dice que fetiche es un “ídolo u objeto de cualquier clase al que rinden culto los salvajes”. Fetichismo, en la misma línea de la anterior definición, sería “admiración exagerada e irracional hacia una persona o una cosa”. Fetichistas son las personas que se obsesionan con una parte del cuerpo, un tipo de actitud o una situación y las repiten constantemente, de tal modo que pierden la perspectiva integral del cuerpo, de los seres con los que se relacionan o de su entorno.

En Bolivia, las leyes son “objetos de culto y deseos obsesivos”, les atribuimos propiedades mágicas. Todo tiene que estar en las leyes, todo debe tener una ley específica. Se hacen leyes para cada cosa, y en igual profusión se derogan (en el mejor de los casos) para dar curso a su contrario, o sencillamente se van encaramando, unas encima de las otras, diciendo y desdiciendo, aumentando y corrigiendo, por orden cronológico de su “salida del horno”, produciendo un cuerpo legislativo monumental y caótico.

De ese modo, hechos, procesos, derechos, demandas, prohibiciones y cualquier otra cosa material o inmaterial se plasman en leyes. Así existen, tienen vida, aunque no se apliquen. El papel actúa como un exorcismo ante la responsabilidad de la acción, si está en el papel —parecen decir nuestros hábitos de las culturas políticas y ciudadanas— se anula la responsabilidad de actuar en la práctica. Una vez puesto en el papel, archívese y olvídese… a dormir como expediente, tal cual establece la consigna de juerga de los estudiantes de derecho.

¿Qué tal si para comenzar a cambiar, pero de verdad, desde este inmediato 2012 comenzamos a promover menos leyes y a aplicar las que ya tenemos?

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