Columnistas

Fidel: el viejo y el mar

Queda en mi recuerdo el sincero apego de Fidel Castro a la causa marítima boliviana.

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Antonio Carrasco

00:23 / 03 de diciembre de 2016

A quienes tuvimos el privilegio de conocer y tratar a Fidel, su muerte, aunque anunciada por él mismo el 20 de abril, no puede ser sino un fiero golpe, porque crecimos bajo la sombra de su legendaria imagen, que nos parecía inmortal. La primera vez que lo saludé fue durante su visita de cuatro días a La Paz, en agosto de 1993. Lo vi después en Asunción y finalmente conversamos en dos ocasiones en París: en 1995, cuando fungí de su anfitrión en la Maison d’Amerique Latine; y la última en 1996, memorable, porque ambos representábamos a nuestros respectivos países en los funerales del presidente francés François Mitterrand. Concluido el solemne tedeum, mientras participábamos del almuerzo ofrecido en el Palacio Eliseo nos enfrascamos en un largo diálogo sobre uno de los temas que le fascinaba: la intervención cubana en el África. Para entonces yo estaba por terminar mi libro Los cubanos en Angola, bases para el estudio de una guerra olvidada (1975-1990), y tenía supremo interés en interrogarlo.

Me asombró su conocimiento no solo de los mínimos detalles de ese periodo, sino también su maestría en describir la orografía circundante de Cuito Cuanavle, sitio donde se libró la batalla decisiva para eliminar el apartheid, liberar a Nelson Mandela y consolidar la independencia de Angola y de Namibia. Artífices de tamaña hazaña militar fueron las tropas cubano-angoleñas en lucha contra los batallones de la Unión Sudafricana. Su erudición acerca de ese tópico, así como de cualquier otro rubro colateral, era sorprendente.

Sin embargo, queda en mi recuerdo su sincero apego a la causa marítima boliviana. Ocurre que en 2009, en viaje oficial a La Habana, la mandataria chilena, Michelle Bachelet, insistió en visitar al expresidente Castro y salió del encuentro visiblemente molesta. La explicación del entuerto pronto apareció en la columna Reflexiones, que Fidel suscribía semanalmente, en la cual calificó el asalto chileno a Antofagasta en 1879 como una “humillación histórica” en la que “no solo le arrebataron la costa marítima y la salida al mar (a Bolivia), sino que privaron a ese país de origen auténticamente americano, sobre todo aymara y quechua, de extensos territorios muy ricos en cobre que constituían la mayor reserva del mundo, que habiendo sido explotada durante 130 años hoy su producción se eleva a 5.364 millones de toneladas anuales y aporta a la economía chilena cerca de 18.452 millones de dólares anuales (...)”.

Inútil mencionar que esas meditaciones castristas fueron blanco de críticas en la prensa mapochina, llenando de improperios al intruso, aludiendo indebida intervención, objeto (además) de una seria reclamación diplomática. No obstante, al día siguiente Fidel, heredero de su terquedad gallega, volvió a la carga con argumentos aún más sólidos, al expresar: “No tengo otro compromiso que con la verdad histórica, y la historia consigna que el Libertador de América, Simón Bolívar, al proclamar la independencia de Bolivia le asignó una amplia franja en la costa pacífica de Sudamérica, entre los paralelos 22 y 23. También registra que el desierto de Atacama fue incluido en el territorio de la naciente Bolivia, al producirse la victoria contra el imperio español”. Los chilenos prefirieron poner punto final a la polémica, toda vez que Fidel no ostentaba responsabilidad gubernamental alguna y sus expresiones eran aquellas de un hombre libre.

Terminaré esta reseña evocando la alegoría que hace Ernest Hemingway en su conocida novela, inspirada en Cuba, El viejo y el mar, donde relata la sabiduría y sana terquedad en los principios que norman ciertas vidas ejemplares.

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