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Fin del mundo

Von Trier nos ofrece otra vez una reflexión compleja en torno a lo humano en personajes femeninos

La Razón / Ana Rebeca Prada

00:17 / 04 de enero de 2012

No sé si a Lars von Trier le interesa realmente el tema del fin del mundo, tan comentado a fines del 2011 y en lo que va del 2012, (otro) supuesto año de apocalipsis. No creo que su Melancolía se resuelva necesaria y solamente en ello. Muchos han expresado su decepción con esta última obra del genial danés. Yo pienso: Anticristo fue (y es) tan extrema, tan fuerte, tan desafiante, que resulta imposible pensar en una película que pudiera sucederla.

Creo que la colisión del planeta Melancolía con la tierra es una metáfora, pero no una metáfora simple (del tipo que sugiere el propio nombre del planeta). Von Trier una vez más nos confronta con una situación límite, como hiciera en las magníficas Rompiendo las olas, Bailando en la oscuridad y Dogville... la parálisis de todo el cuerpo del joven esposo de Bess MacNeill (uno de los personajes femeninos más entrañables del cine); la ceguera de Selma Jezkova, la de su hijo y la apremiante necesidad de reunir el dinero para operarlo; la extrema crueldad del pueblo que acogiera a la fugitiva Grace Mulligan, convirtiéndola en esclava… En Anticristo, claro, es la pérdida del hijo, de la que la madre se culpa. En el caso de Melancolía, la situación límite es nada menos que la amenaza del fin de la vida como la concebimos, la vida en su totalidad. ¿Qué hacen las personas cuando lo que en un principio se presenta como un fenómeno cósmico curioso se convierte en la amenaza final? Este límite está trabajado especialmente en las hermanas Justine y Clare, tan distintas una de la otra y atadas por enorme cariño. Interesantemente, la hermana menos equilibrada (que echa por la borda su boda la noche misma en que ocurre) y que necesita ser rescatada, cuidada, termina, una vez declarada la amenaza final, haciéndose cargo de los momentos terminales, con serenidad y sabiduría (la que la había hecho intuir desde el principio la catástrofe en ciernes), mientras Clare pierde el temple y la controlada compostura con los que constantemente se hacía cargo y protegía a Justine, gobernando un mundo cómodo y de familia feliz. Las impecables actuaciones de Gainsbourg y Dunst tienen que ver con la transformación profunda de las hermanas, quienes, ante el final de todas las cosas, revelan el fondo de su naturaleza y la costra de apariencia e inanidad que es la vida cotidiana convencida de eternidad.

Otra vez Von Trier nos ofrece una reflexión compleja en torno a lo humano en personajes femeninos, lugares de la mayor intensidad y profundidad, en medio muchas veces de una radical precariedad y del más crudo abandono. En este caso, en medio de la desaparición del horizonte de lo humano como referente de realidad. La moraleja que yo recojo pensando es la vieja enseñanza de vive la vida como si fuera a desaparecer mañana, no con terror (como Clare), sino con serenidad, generosidad y alerta sabiduría, como Justine. Lo no tan simple de optar por ello es el consecuente derrumbamiento del mundo social como lo concebimos, pura apariencia e inanidad.

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