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Fin del mundo

El hombre se ha convertido en una ‘fuerza geológica’ capaz de comprometer su propia supervivencia

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Komadina Rimassa

00:01 / 09 de octubre de 2014

En una película de Lars Von Trier, un planeta llamado Melancolía colisiona con la Tierra. El mundo termina con un resplandor. En 1492, otro planeta llamado Mercancía chocó con el “Nuevo Mundo” y provocó no una muerte súbita, sino un proceso de lenta degradación de la vida. Ésta es la visión premonitoria de los intelectuales brasileros Eduardo Viveiros de Castro y Déborah Danowsky, implacables críticos del modelo económico del Brasil (El País, Madrid, 3/10/14). Y añaden, las imágenes catastróficas elaboradas por la ciencia ficción son más fáciles de admitir que esta realidad: el hombre se ha convertido en una “fuerza geológica” capaz de comprometer su propia supervivencia como especie y la de otros seres vivos.

El modelo de Lula da Silva y Dilma Rousseff es un modelo extractivista, desarrollista y depredador de la naturaleza, apocalíptico. Así lo demuestran las megaobras de la Amazonía (las represas en los ríos Madeira y Tapajós); la transposición del río San Francisco; la apertura de carreteras en la selva; la producción frenética de energía fósil, hidráulica, nuclear; la exportación ilimitada de recursos naturales a la China.

Aunque su antecedente ideológico es de derecha, en nuestros días se ha convertido en un modelo progresista y de izquierda. La izquierda de Dilma es una “izquierda vieja”, nostálgica de la Unión Soviética. Para Lenin ese socialismo podía ser definido con la fórmula: Soviets + electricidad. Pero ahora, dicen Eduardo y Déborah, nos hemos quedado solo con la electricidad, es decir, con el capitalismo de sobrecrecimiento.

Asimismo, ese modelo supone una premisa de izquierda: sacar a los pueblos de la pobreza. Para ello es imprescindible crecer económicamente, no importa a qué precio. Así, el Gobierno brasilero ha incorporado al mercado a millones de pobres, proporcionándoles dinero, créditos, oportunidades y servicios. Es decir, amplió considerablemente su capacidad de consumo; el pobre se ha vuelto un sujeto de crédito. El problema es que el pobre (definido por sus carencias materiales) ha incorporado los valores y los modos de vida de los ricos, su visión de mundo, sus privilegios, sus códigos de jerarquía.

¿Se logró terminar con la pobreza? De ningún modo, pues el capitalismo es una máquina para crear pobres, en la medida en que saca gente de la pobreza, tiene que poner otros pobres en su lugar.

Esa izquierda, la de Dilma y Lula, sería entonces socia del capitalismo: “Cree que es preciso llevar el capitalismo hasta el fin, para completarse, para que entonces se pueda transformar al pobre en proletario, y al proletario en clase revolucionaria, o sea, es una historia de hadas”. Eduardo y Déborah no creen en esas historias, no se puede separar la parte buena de la parte mala del capitalismo. Es más simple que eso: esa izquierda hizo un pacto satánico con la derecha. Es una izquierda con pensamiento fosilizado, pues no está ni en el siglo XX ni en el siglo XXI. Está en el siglo XIX, en la era del “progreso”.

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