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Finales

Naturalmente que un final no es más que el resultado del trabajo que recorre la obra entera

La Razón / Ana Rebeca Prada

00:02 / 10 de abril de 2013

Qué decir de los inicios y de los finales? Creo que se habla más de los inicios. Se dice que un gran inicio garantiza la fascinación del lector o espectador con el resto, hasta el final. He aprendido a desconfiar un poco de los grandes inicios, pues a veces preceden una gran caída. Se habla menos, me da la impresión, de los finales…

Yo quiero contarles hoy de dos grandes finales: coronan dos experiencias cinematográficas fuera de serie. ¡Así se hacen los finales! Me refiero al ya comentado final de El caballo de Turín (2011) de Béla Tarr, uno de los mejores finales jamás filmados. Obvio que un final no es más que el resultado del trabajo que recorre la obra entera. La llegada de la oscuridad no es más que la suma de todos los anuncios de esa llegada. Pero cuando llega, nunca supiste que pasaría. Cuando llega, es la primera vez que ha llegado jamás. Extraordinario.

En Blancanieves (2012) de Pablo Berger (un película absolutamente distinta, claro) ocurre algo muy extraño. Berger reescribe la larga historia de reescrituras del cuento. Y lo hace con inteligencia, con humor, con increíble originalidad. ¿Cómo hacerlo con algo que ya aparentemente no ofrece nada? Pues ahí tienen. La españolización, taurinización y flamenquización tienen su dosis de estridencia, pero de algún modo funcionan. Tal vez porque la escenificación, las actuaciones (¡gran Maribel Verdú!), la música, la fotografía y el blanco y negro son tan de primer orden. Y porque de pronto nos vemos dentro de una película que nos recuerda inevitablemente a Browning y sus freaks, a Buñuel y diversas fases de su cine, a una pizca de Almodóvar... pero, sin embargo, estamos nomás en un lugar muy diferente.

La retoma y reconstrucción de Blancanieves-personaje es una mezcla con Cenicienta, pero orbitando sobre ello muy fuertemente esto y aquello del cine negro. Aquí no hay tanto la competencia por la belleza, sino una voluntad directa de humillación y subordinación desde el empinado lugar ególatra en el que se ha ubicado la madrastra. Tan golosita y perversona ella: “madrastra gran gignol” como la describe Berger. De todos modos, hay que deshacerse de la molesta niña. ¡Una no mata al rico marido para que la hija eventualmente se quede con todo! La nena muerde la manzana y es llevada a la feria grotesca de fenómenos. El sueño/muerte de Blancanieves es un espectáculo mostrado a un público que besa sus labios por unas monedas. De pronto, a uno de los besadores se le levanta la niña-muñeca (con un mecanismo ingeniosamente instalado) y aquél sale despavorido... Duerme junto a ella uno de los enanos (el que la quiso desde el principio) y él sí la besa todas las noches con amor. Y todas las noches ella re-inicia con una lágrima la simulación del sueño/muerte mítico, convirtiéndolo en parte de un (doloroso) fingimiento teatral.

¿Quién dijo que no se puede reinventar lo ya ininventable?

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